ScQ #5: “BOGOTÁ MON AMOUR”

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Caminando por la carrera Séptima bajo una lluvia invernal uno casi se siente en Nueva York si no hubiera cosas que aparecen cada tanto, inconfundiblemente latinoamericanas.

Una venezolana atiende un puesto de arepas frente al Casino Caribe, sobre la calle convertida por asalto en peatonal gracias a grupitos de personas como nosotros que se mueven bajo paraguas azules, grises, bordó y transparentes. Su negocio es un modesto carrito gris con una sombrilla y una parrilla de carbón sobre la que están dispuestas tres sartenes y tres arepas tostadas, curtidas por el calor, crocantes hasta para verlas y con un aroma angelical de maíz y casco urbano.

Yo tengo un hambre tan berraca que arrastro a Alonso y Helena hasta el carrito que anuncia una variedad increíble de arepas con queso, con carne de res, con pollo desmenuzado, con pernil, con tocineta y con salsa criolla.

—Buenas —le digo—. ¿A cuánto tenés las arepas con carne?

—Ay, qué pena —dice la chica—. Me olvidé el letrero.

Saca un cartel debajo de la parrilla que dice simplemente: “ricas arepas con huevos pericos a $2000”. Yo pienso, divertidísimo, en ese cuento de los cronopios que termina diciendo: “este cartel anula todos los anteriores”.

Comemos las arepas marchando por la séptima bajo la lluvia. Esquivamos piedras, charcos, paraguas y vendedores ambulantes con parlantes bajo el mostrador; a los lados relucen cineclubes, locales de fried chicken o jugos naturales y de libros usados tras el brillo perlado y estridente de la decoración navideña, que acá es exagerada en todos lados. Yo me dedicaba a escuchar las conversaciones de los que pasaban:

¡Los manes son tan maricas, parce!

O

Tons le digo que está bien chévere”

O

“¿No escucha que estoy corriendo?”

Pasamos frente a una galería larguísima en la que relucen baratijas de toda clase que van desde mochilas a relojes a tenis o discos de champeta o bachata y dinosaurios de plástico. Les comento a los chicos que en Argentina a los mercados así los llamamos paraguayos.

—Paseyvea’eñor’eñorasincompromisoquiandabuscando’ñora —ilustro.

—Acá son pulgueros o todo a mil—dice Helena. Mil equivale a treinta centavos de dólar, es decir unos seis pesos. En todo esto hay un extraño eco del menemato, de mi vieja comprando espátulas de colores porque sí, de containers atravesando el Pacífico cargados de las chucherías más alucinantes. Y eso que estoy tan lejos. Pienso que si, al fin, somos una roca flotando en el espacio, en algún lado debe haber una etiqueta bien grande que dice “Made in China”, que sólo puede ser vista desde un transbordador americano.

Yo dormito mientras Helena scrollea su celular, en el asiento 22 del bus intermunicipal que nos lleva de vuelta a Tabio. La cabina está semi a oscuras, menos por una decisión del conductor que porque algunos focos no funcionan. Para mí viene joya porque, sumado a mi cansancio, la suave oscilación del bus que se come baches a 70 kilómetros por hora ha terminado por revolverme un poco las tripas.

El inicio de su Facebook está lleno de conocidas tetonas e idealistas que cocinan la revolución desde su casa. No importa en qué parte del mundo estés, Alepo es una indignación que dura diez segundos y desaparece con el barrido del índice que lleva la marca de la tecnoabulia, la insipidez y el aburrimiento.

Helena bloquea su celular con un gesto adusto.

—Facebook es un gran pulguero —dice—. Es como la Séptima en Navidad.

Lo que ella dice me hace pensar en una jauría de dinosaurios de colores y espátulas y cómo nosotros soñamos con una fama que es nada más que mera baratija.

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La subida a la capilla de Santa Bárbara es corta pero empinada. Antes de llegar, sobre mano izquierda, hay un rancho con una caballeriza expuesta, una plaza con una pequeña fuente circular de piedra y algunos locales donde poder tomar tinto o aromática; a lo largo de la pendiente (serán unos doscientos metros) hay dispuestas a ambos lados pequeñas terrazas sobre las que uno se puede sentar y contemplar el paisaje de allá abajo.

Una de ellas es mi lugar favorito en todo Tabio, y se llama Terraza de la Providencia. Desde allí uno puede ver, en línea recta, la iglesia principal y la calle de los comercios adornada con banderines navideños de lado al lado; más allá de la frontera del pueblo hay praderas verdes tendidas como un manto en la ladera de un cordón montañoso sobre el que, al oeste, apenas un poco a la izquierda de donde está poniéndose el sol, se levanta imponente la peña de Juaica, lugar de encuentro de amantes del trekking y alienígenas casuales.

Son las cinco y media de la tarde del primero de enero y el caminito adoquinado que sube a la capilla está cada vez menos transitado por vecinos que suben o bajan, en bici o a pie.

Una pareja camina sin afán. Parecen uno de esos matrimonios recientes: jóvenes, sin hijos, él con una calva incipiente y ella con anteojos elegantes, de los que no necesitan hablar mucho gracias a un pacto honrado de confianza mutua, todavía más profundo en el primer domingo del año.

Ella hace un gesto de cansancio y, ahí sí, él pregunta:

—¿Estás bien, mi amor?

—Me duelen los pies.

—Mera Cenicienta— dice él, y le toma la mano mientras siguen bajando en dirección al pueblo.

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Lo que a mí me sorprendía del negro que subió al Transmilenio esa tarde de martes fueron sus zapatos de punta beige y cómo llevaba el ritmo en ellos. Cosa nada fácil, porque el bus se movía de lado a lado. Pero el tipo no perdía una sola corchea en su swing pédico, era una cosa digna de verse. Mantenía el equilibrio y resolvía cada movimiento con una destreza profesional, esa destreza digna de un carismático hombre afro que se gana la vida cantando en los colectivos.

Pero vos veías las rodillas y acompañaban el bamboleo. Vos veías las caderas y el tipo la sabía llevar. Enfundado en una camisa llamativa y unos jeans oscuros, de sus muñecas colgaban pulseras brillantes y de sus manos dos maracas con la bandera cubana, atadas entre sí por un hilo que rodeaba su cuello. El negro portaba una sonrisa eterna y cantaba como un frontman de los mejores, de esos que conquistan Norteamérica cantando en castellano para los gringos. Su orquesta consistía en un celular que sacaba del bolsillo para elegir las pistas, y un parlante portátil conectado por Bluetooth que las reproducía. De su cuello pendía un micrófono, puesto allí con un mecanismo parecido a las armónicas de Dylan y Gieco.

No cualquiera puede hacer sonreír a todos los que suben a un colectivo en la hora pico bogotana, un martes por la noche. Eso ya es un mérito: todos en la cabina sonreíamos. Los que nos quedamos hasta el final del show—que coincidió con el final del recorrido: el Portal del Norte—, aplaudimos efusivamente. Y quiero destacar que el último tema fue a pedido de un man que viajaba con la novia en uno de los asientos dobles, y que gritó a viva voz:

—¡Grupo Niche!

El negro se hizo como que no había escuchado, porque estaba cantando una salsa rosa muy metido dentro de su personaje. Pero cuando terminó la pista (ovación de rigor), miró al tipo como con un guiño cómplice y arrancó la última pista de esa noche, que más de uno acompañó con palmas disimuladas —se ve que la decencia y el buen gusto, acá y en Argentina, consiste un poquito también en la mesura y en la timidez.

Si hay algo que les sobra a los colombianos es música y buen humor. Al menos en los pueblos, hasta el más serio es capaz de lanzar un chiste ingenioso, de esos que pertenecen al folklore. Y en estas calles llenas de música (desde las papayeras de los pueblos a los mariachis de Chapinero), es imposible no contagiarse de una alegría de alto voltaje.

Grupo Niche, salsa caleña para todos ustedes:

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ScQ #4: “NO PASE SIN SEGUIR”

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Mi irracional obsesión por el Transmilenio surgió hace dos años a partir de una nota que Carola Murúa escribió en El Ojo con Dientes en la que resaltaba, entre otras cosas, lo ventajoso que sería para la ciudad de Córdoba –un hervidero de vehículos de gran porte y pésimas decisiones edilicias—contar con un sistema así.

Si quieren saber qué es el Transmilenio, remito una y diez mil veces a la nota de Carola. Ella, que estuvo utilizándolo asiduamente durante un tiempo, puede dar fe del panorama completo. Yo, un pibe ingenuo que se subió una sola vez al Transmilenio, puedo agregar apenas una nota de color.

Cuestión que ese viernes nos subíamos con Lucho a un Transmilenio a eso de las diez de la mañana. Lo primero que le señalé era que la vibra en Bogotá era totalmente otra que la de los pueblos: la que nos cargó la tarjeta, tras la ventanilla bastante parecida a la de los subtes en Buenos Aires, ni me miró. Lo que sí (lo pude comprobar varias veces), siempre tienen la servil delicadeza de devolverte la tarjeta en la mano, en vez de arrojártela al fondo de la zanjita y buena suerte. Musitan un “gracias” o “a la orden” de colombiano rigor, que no se oxida pese a atender millares de pasajeros que cargan cara desencajada por sus propios mambos.

A Bogotá le dicen “la Nevera” porque hace frío y, además, Lucho añade que la gente acá es un toque ídem. Será porque es ciudad grande, sugiero yo. Él responde que en Medellín no es así. A los bogotanos no los quieren allá, pero éstos cada tanto alaban a sus vecinitos. Siempre destacan lo organizados y amables que son y más de uno se derrite cuando escucha el acento paisa.

La estación de Transmilenio está bastante concurrida, pero no es una locura incaminable. Me parece extraño, siendo día de semana a media mañana. El trole (es bastante parecido a un trole de los largos, con el acordeón en el medio) tarda diez minutos. Se me ocurre destacar acá que ninguno de los coches que tomamos durante el día tardó más de diez minutos. La estación está techada, vidriada a los costados y las puertas se abren automáticamente —la mayoría de las veces— cuando el bondi llega, o sea que la gente se aglutina bajo el cartelito de la línea que está por tomar. Cada estación de Transmilenio cuenta con tres o cuatro paradas de unas cuatro líneas cada una y custodiadas por dos canas uniformados con armas à la vue. Cuando llegó nuestro bondi, Lucho me hizo una seña y entró; una señora me dejó pasar y se metió inmediatamente.

Cuál será mi alegría cuando sube al bondi un vendedor ambulante de unos cañitos rellenos con dulce de leche. Yo me paro bien cerca para escuchar su speech, que me apasiona. El tipo es muy distinto a los vendedores de Córdoba: lleva camisa planchada, pantalón claro y zapatos bien lustrados. Es un chabón joven, de unos veintipico de años. Excelente postura y dicción, si quisiera agregarlo a su hoja de vida. Dice que no está por repartir el producto de mano en mano para no incomodar a los pasajeros, y también por cuestiones de higiene. Si de pronto quisieran alguno, le avisan a él y les sirve.

Vendió todos en ese viaje. Nosotros le compramos los dos últimos. Agradeció con suma diligencia y se paró al costado como un pasajero más. Pocos minutos después vi algo increíble: el chabón abría su mochila y sacaba de adentro un libro con tapa violeta. La portada rezaba: “Los Hábitos del Hombre Rico”.

Bogotá es una ciudad alucinante.

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Una foto movida vale un poco menos de mil palabras, pero ayuda

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Una de las frases que más me descolocó desde que llegué a Tabio es “siga, siga”. No sé si en toda Colombia dicen así. A grandes rasgos parece significar “pase”. Esto lo pude inferir gracias al chofer del colectivo que nos trajo de Bogotá:

—Siga, por favor, siga.

La gente recibía con cordialidad el petitorio que no tenía un dejo de orden estricta. Más tarde, cuando llegué a la casa, me dijeron:

—Siga, Patricio.

Es como si hubiera ya recorrido un larguísimo camino del que la puerta de la casa es apenas un hito donde paro a descansar los pies un minuto.

Pero eso no es todo. Cuando uno se está por sentar a comer, lo invitan también:

—Siga, por favor.

Como si uno hubiera deseado conscientemente hacer una pausa, cosa muy poco probable al ver la mesa llena de aguacate, arroz con cilantro, arepas y sopa de auyama.

Entonces uno asume el desafío, tan engorroso como inútil, de traducir los localismos de la lengua que angaú hablamos tan bien. Me doy cuenta de que hay ciertas cosas que son comunes —a veces me sorprende haber volado seis mil kilómetros y que las sillas, las mesas y las escaleras sigan casi iguales a como las conoce uno—, y otras distancias (léxicas, ponele) casi insalvables.

Me imagino al pobre Colón queriendo explicar a los Reyes qué es un tamal tolimense. Yo ni hago el intento porque él es un escritor consagrado y yo apenas un pichi que viaja.

Pero la brecha es apasionante. En el centro de Tabio hay un comercio con un cartel de una vaquita que dice:

“¡No pase sin seguir!”

— ¡Es que no nos damos cuenta! —dice Dianita, divertidísima.

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El man mira con una seriedad helada a un punto fijo, tira una cuerda con la mano izquierda y la campana tañe otra vez: ding grave. Voltea a verme, la misma seriedad helada. Yo cuento cinco segundos. Tira con la derecha y tañe otra vez: ding agudo. La respiración mortecina de la campana de la catedral inunda todo el parque. Él está parado en el hall de la iglesia, amplio espacio de suelo a cuadros que en días nublados como hoy está poblado por una frialdad y oscuridad solemnes.

-Alguien se dejó morir –dice Sandra.

-Con que ese es el sonido –digo yo.

Pienso en el libro de Hemingway y un cartel responde mi pregunta: Olga Lucía Borrego de Rodríguez ahora descansa en paz y la misa empieza a las dos de la tarde. Afuera hay un extraño coche funerario: un Renault 12 rojo una corona de flores en el techo con chapa de Bogotá. La iglesia está repleta. Un  tipo vestido como un empresario nos bordea fumando un cigarrillo, y mira el cartel como quien mira una bisagra o una cucaracha: es la clase de tipos que jamás vas a ver en una iglesia.

Acá se escuchan campanas a toda hora. Hay tañidos suaves cuando baja el sol y enérgicos golpes con la misa central. Sin embargo, el tañido funerario es por lejos el más oscuro. El arte sale de las muñecas de ese tipo que tira de dos cuerdas, una con su mano derecha y una con su mano izquierda, siempre una mirada helada —acompañando el luto o hastiado de su oficio—, que dobla las campanas por alguien para que todo el pueblo se entere de que se dejó morir y comente o rece en silencio o se acerque a entreoír el cotilleo.

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No, pero yo no soy arquitecto ni mucho menos. La primera lección de urbanismo me la dio mi vieja a los cuatro años, cuando me agarró de la mano para cruzar al maxikiosco y comprar puchos:

-La vereda es para las personas y la calle es para los autos, pochocho.

El deber del peatón moderno –ese miserable cacho de estadística que no posee auto, camión, colectivo, motoneta ni ciclomotor de ningún tipo- es sagrado e impostergable: hay que mirar a los dos lados antes de cruzar la calle.

Ahora resulta que estoy en un pueblo de Colombia, tierra mágica que me obliga a aflojar algunas estructuras y desaprender otras. Acá los autos se llaman carros, las veredas se llaman aceras o andenes, las sandías se llaman patillas (¡qué espanto!) y, como el jengibre, todo tiene otra función.

Tabio es un pequeño pueblo colonial que conserva su esencia en la calidez de las gentes y en el grosor de sus aceras. Las calles se cierran durante las fiestas religiosas y el centro está adornado con guirnaldas que van de los techos a un lado y otro. La alcaldía está lejos de ser uno de esos monstruosos edificios de hormigón: es más bien una casita de tejas larga y baja en la que te podés imaginar al alcalde saliendo en ojotas a atenderte si hacés palmas dos veces.

Cuestión que esta tarde iba caminando por la vereda del mercado detrás de dos señoras que se encontraron con una tercera justito saliendo de su casa. Como buen pueblo, el mitin fue instantáneo: las tres caderonas ocupando el ancho de una acera concebida hace cuatro siglos por un español con calzas. Yo, que iba atrás con una bolsa llena de aguacates, me vi obligado a bajar a la calle.

Ay, turista. Ahí vi que acá todo el mundo camina por la calle, y más bien son los autos los que esperan que la gente pase. Ahí tuve que desaprender el sabio precepto de mi vieja.

Yo volví a casa sano y salvo acaparando el centro de una calle adoquinada. Así mismo llegaron todos los que iban al mercado bajo el cielo gris de este pueblo de la sabana central cundinamarquesa fundado en 1603. Acá en los pueblos ser peatón es delicioso: el vil automovilista no tiene voz ni voto, y espera.

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Una del mejor poeta colombiano vivo hasta ahora.

La plata es una ilusión, cualquiera se equivoca
Porque al que no tiene televisor, no se le daña el televisor.

Y no hay peor pobre que el que no sabe bailar
La plata es una ilusión, no le meta mente López
Accione.