ScQ #9: “HAND IN MY POCKET”

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De nuevo estoy de vuelta, dice mi zamba favorita. No voy a poner excusas: colgué con el blog, pero siempre podría ser peor. ¿Se acuerdan de la noticia del yanki que salió de vacaciones, desapareció 12 años y lo encontraron dando clases de inglés en Corea del Norte? “Colgó en avisar”, bromeaba uno de mis amigos cuando postié la noticia en Facebook, y con esa anécdota me doy inmediatamente por perdonado.

Sigo en Colombia, una semana más al menos, y sigue siendo un país fascinante aunque ya no escriba tanto sobre él. Varias veces pensé: ¿por qué es que ya no me dan ganas de escribir? Lejos quedaron esos días en los que sonaba la campana de la iglesia del pueblo y Patricio al toque se inspiraba y se ponía a escribir. Ni hablar cuando la vida me llevaba a lugares tan fascinantes como Minca o una cancha de tejo. Colombia es un lugar increíble, y si uno se cautiva viendo folletos turísticos, imaginate lo mágico que se siente desayunar un tamal con chocolate.

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Entonces, descarté la posibilidad de que Colombia me hubiera aburrido. Cuatro meses acá, y siempre hay algo que me sorprende. Como dice Hebe Uhart, se trata de mirar bien, tener los ojos bien abiertos (es graciosa la vieja, dice eso cuando achina los ojos suavemente fumando su cigarrillo fino y riendo con una ternura casi sarcástica). Si Colombia no es aburrida, el aburrido debo ser yo.

No hace falta que te diga lo fácil que es caer en una rutina. Después de estar cuatro meses en un solo lugar, es muy sencillo darse por satisfecho: decir “hasta acá llegué”, “no me falta conocer más”, “te juro que ya no me sorprende más nada”. Uno se deja llevar por esa corriente boba llena de pescado podrido que es la rutina. Levantarse, hacer cosas, scrollear Twitter, acostarse, repetir. Así pueden pasar dos semanas y uno no se da ni cuenta. O un mes. O tres meses. Y es una bola de nieve un poco torpe, que se lleva los mejores árboles por delante: cuando te das cuenta, ese cuelguecito que tuviste aquél jueves en el que no se te dio la gana de subir una entrada, se volvió en un cuelguezón de doce semanas en los que, sencillamente, no se te cayó una puta idea.

Y todo por la rutina. Bostezo mientras escribo esto. Estuve trabajando, sí, lo que en el plano creativo equivale a estar rascándose los huevos. Cuando uno trabaja, como el burrito al que le tapan los ojos, no mira alrededor. Ni con la mirada de Uhart, ni con ninguna mirada. Ahí es cuando se vuelve costumbre desayunar café con empanada y uno se olvida que está en uno de los lugares más lindos del mundo.

(Cada tanto pienso en los guardaparques del Iguazú. ¿Estarán podridos de ver el agua cayendo todos los días, y soñarán en secreto con el desierto de Atacama?)

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Ahora bien. Si pasaron doce semanas en las que no postié nada, ¿cuál fue el momento exacto en el que pensé que vale la pena volver a escribir acá?

Resulta que hoy temprano fuimos a los termales de Tabio. Los termales son un parque con (¡oh, sorpresa!) dos piscinas de agua caliente en las afueras del pueblo, camino por el foro municipal. Es uno de los primeros lugares que conocí en Tabio, cuando fuimos con Joaquín por la carretera, él en skate y yo en bici. Nos acercamos a la puerta y él me comentó que va a nadar a los termales todos los miércoles a la mañana, pero no entramos esa vez. ¿Por qué los miércoles? Pues, porque a la pileta la limpian los martes; vale decir, vas un sábado a la tarde y no sólo que la encontrás llena de gente, sino que el agua es verde, el piso es resbaloso y… bueno, ya no quise saber más.

De eso hacen cuatro meses, y hoy por primera vez entré a los termales de Tabio. Es un parque modesto pero bonito, muy bien cuidado. No es, en realidad, como los complejos termales de Colón o Río Hondo. Para ser Colón, le faltan algunos toboganes de agua y pendejos insoportables corriendo alrededor con helados de agua en la mano; para ser Río Hondo, le falta su buena cuota de jubilados. Es más un natatorio municipal, de esos como el de Córdoba, ese que hasta donde yo sé está cerrado con llave desde que lo inauguraron.

Pero este es tan coqueto que hasta tiene jacuzzi. Y puesto que era jueves a la mañana (es decir: sol ideal, casi nada de gente, azulejos apenas un poco babosos), no hubo cola para el jacuzzi. Es más, tuve que pedir que lo encendieran para meterme. Esa pileta está a una temperatura de 35 grados, y salen chorrazos de agua burbujeantes que sin esfuerzo te mantienen haciendo la plancha. Fue una experiencia genial. El cartel dice que se puede permanecer en la pileta caliente sólo 15 minutos por una cuestión de presión arterial, pero me hice el dolobu mientras el salvavidas dormía cubriéndose los ojos con un ancho sombrero de paja.

Cuando salimos de termales empezó a llover. Cosa nada extraña en la sabana en marzo: en Tabio me pasó de colgar la ropa porque hacía un sol abrasador a las nueve de la mañana, y a las nueve y media llegar al trabajo justo antes de que se desbarate el cielo con una granizada tenaz. Del clima sí que no me sorprende más nada. El aguacero de hoy fue de esos potentes pero intermitentes, como indecisos. Nosotros, colorados por un sol infernal, tuvimos que caminar de vuelta bajo un paraguas que apenas daba abasto.

El tipo que cuida el estacionamiento era un viejo en silla de ruedas que nos saludó cuando salimos, y estaba acompañado por dos niños en la cabina. También estaba como en actitud de recoger sus cosas. Nosotros íbamos mirando las flores del camino y los árboles con código de barras (no es joda, les ponen código de barras, vaya uno a saber por qué), y casi no nos dimos cuenta cuando los niños pasaron empujando la silla del viejo. Cuando se largó la lluvia, los niños empezaron a correr. Nos pasaron al toque. Nosotros tres, que íbamos cansados después de una mañana de natación (bueh, un poco de natación y bastante de hidromasaje) vimos cómo se alejaban en el horizonte los tres, riéndose a carcajadas: los niños y el viejo en silla de ruedas, que disfrutaba tanto como ellos salir disparados bajo la lluvia sobre el camino asfaltado.

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Achinar los ojos como Uhart, y ver mejor. De eso se trata. Ahora que estoy por volver a la Argentina en una semana, país en el que me enamoré, me divertí, me aburrí y me frustré en proporciones iguales, más que nunca tengo que recordar esta única premisa (para la que viajé seis mil kilómetros y pico): lo sublime puede estar a la vuelta de la esquina.

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A falta de una foto que ilustre realmente esta entrada, una foto que me sacó Helena en Santa Marta con… ¡un jugo de sandía!

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I’m young and I’m underpaid
I’m tired but I’m working, yeah
I care but I’m restless…

 

ScQ #6: “NOS EMBROMARON, PANA”

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Apa, llueve. Y los colifas de la carrera 14 se están gritando entre ellos. “Yo te lo dije, no te voy a repetir ná”.

A lo lejitos suena una trompeta desafinada, como anunciando una carrera de galgos flacos. Yo estoy acá escuchando Mano Negra: “a mi ñero llevan pa’l monte, a mi ñero llevan pa’l monte”.

Sé que empezó a llover porque entra una brisa húmeda. El mar está acá a dos cuadras, pero no es del mar. Es agua dulce que cae de los cielos. El mar pica y la lluvia pasa desapercibida.

Dicen que estamos en la ciudad más antigua de Latinoamérica, pero en realidad es la tercera que ha sido habitada en forma permanente. (Las otras dos son: una de Venezuela, y la otra Panamá, a la que no fui pero me suena demasiado a shopping malls y free shops – antiquísima como el ingenio para los negocios).

Bueno, esta ciudad se llama Santa Marta. Y aunque no sea lo que promete ser, es algo mucho mejor: callejones coloridos, estrechos y empedrados con vistosos balcones repletos de bunganvilles. Hoy vi un estacionamiento adornado con un arco griego de piedra, verdadero y no imitación, sobre el cual se leía “Parqueadero”. No necesité ver más para decir en voz alta: “esta es la ciudad más linda que vi en mi vida. Bah, si no es la más linda, definitivamente está en el top cinco”. Los argentinos somos egocéntricos y creemos recordar una ciudad más linda que Santa Marta en el cono sur, más no sea Gualeguaychú o alguna loma colorada en las afueras de Oberá.

Santa Marta es bien distinta: los gringos vienen acá queriendo descubrir el espíritu de Latinuamérica, y van a los restaurantes que tienen carta bilingüe. Uno sube tres calles más y allí están los carritos de comidas. A la orden: jugo de corozo, buñuelos, chocolos con queso, pinchos de carne y pollo, pizzas hawaianas de 12 porciones y mojarras fritas, todo hecho ante sus ojos en la vía pública por talentosos chefs que el decoro no se anima a nombrar artesanos.

Esta semana en Argentina se celebró la fiesta de San Baltasar y a mí me sigue intrigando el carisma de los negros que, con los dientes amplios en su misteriosa sonrisa brillantina, te señalan que dos semáforos más allá vas a encontrar un lugar donde poder conseguir una habitación barata.

¿Qué es América? No sé. ¿Qué no es? Casi nada.

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Conocido por sus propiedades afrodisíacas.

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En esta semana que pasó conocimos a varios venezolanos que trabajan en la calle de Santa Marta.

Yo no los noto. Paramos y preguntamos una dirección, o les pedimos que nos sirvan dos empanadas. Siempre es Helena quien pregunta de dónde son, y a mí me sorprende cada vez que dicen: “Venezuela”.

Uno ve franceses, alemanes, brasileños, muchísimos argentinos en este lado del Caribe, pero no ve ningún venezolano de turista. Ellos están, claro. Estamos a menos de 300 kilómetros de la frontera con Venezuela. Pero se dedican, modestamente, a su labor: son promotores de boliches y restaurantes, vendedores de comida rápida y serviciales despachadores de lentes de imitación.

Ayer estuvimos hablando con uno en la playa. Él vendía empanadas de pollo. Las fabrica su esposa, y él sale a venderlas a la mañana y a la tarde. Por semana, junta 300.000 pesos colombianos, cosa de 100 dólares, unos 1600 pesos argentos. Eso en Venezuela es impensable.

Nos reveló las cifras de su contabilidad personal: el sueldo mínimo semanal es de 10.000 bolívares, y un paquete de harina cuesta 5.000. Por semana, ellos pueden comprar un paquete de harina y un paquete de arroz. Le pregunto cómo están los supermercados allá, por hacerme repetir una postal que ya tengo incorporada a la imaginación. “Vacíos, por supuesto”, dice.

Otro venezolano que conocimos la semana pasada nos lo dijo tajantemente:

“Nos embromaron con lo del socialismo, pana.”

Nosotros guardamos silencio.

“No sé si ustedes creen en eso, pero a nosotros nos embromaron.”

Él estaba solo en Santa Marta y trabajaba para mandar dinero a sus dos hijas, que vivían con su abuela en un pueblo cerca de Macaraibo. Se lo veía bañado en una felicidad contagiosa. “Teníamos todo”, dicen los venezolanos cada vez que les preguntás por el pasado, bastante antes de Maduro. Te lo dicen con una sonrisa del que no se ha dejado doblar por la adversidad y encontró otra forma de hacer las cosas.

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El mar está bravo y sorprendentemente sucio. Hay bolsas de plástico que vuelan como aves exóticas y bolsas de arpillera (gordas y coloradas) que flotan para la costa como salmones con sobrepeso. De a ratos, una nena morenita las levanta sonriente y las apila en la arena para que alguien se las lleve. En las tres horas que estuvimos en la playa, la pila seguía ahí. Sólo pasó un señor a levantarnos las latas de cerveza. Las metía en una bolsa llena de latas que después iba a cambiar por dinero. La iniciativa ambientalista movida por el propio beneficio. La altruista será mejor, pero acá no se ve mucho.

A pesar de que no nos queda casi plata, le compramos a un joven afro unas pulseras y unos llaveros de caracol, como para decir que llevamos regalos. Él nos dice en su costeño sin consonantes que estamos en mar de leva.

Ajá, digo yo. Qué será mar de leva.

Básicamente es un suceso del infierno en el que confluyen causas como la luna llena, la brisa, el perigeo, las corrientes oceánicas, las perturbaciones ciclónicas, los flatos poseidónicos y quién sabe qué otras cosas. Cuestión que es una teoría satisfactoria: en plena costa vemos romper olas de metro y medio que se llevan por delante a contingentes de jubilados en slip.

El joven afro añade que hay “mucha brisa”. La brisa en cuestión es un viento horizontal de 60 kilómetros por hora que te llena de arena del jopo a las ojotas. Nunca vi una ciudad tan llena de gente que persiguiera sombreros.

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Bueno, una última postal para no cansar.

Un par de días antes estuvimos en un lugar muy parecido al paraíso. El lugar se llama Minca y tiene (según los últimos reportes fieles, pero quién sabe) una población de 600 habitantes.

Lo que sí es cierto: el pueblo son básicamente dos calles que se cruzan. En esas dos calles está todo lo importante: la policía, un cajero y cuatro bares con billar.

Es un pequeño pueblo cafetero rodeado de montañas, en lo que se llama “zona de transición”: como queda a más de mil metros sobre el nivel del mar, allá hace lo que se dice “frío”. Lo cual es sorprendente porque, a media hora de viaje, tenés Santa Marta, su calor abrasador, su humedad marina, sus bíceps y escotes al sol.

El pueblo es el destino ñoño más encantador en el que estuve en mi vida. Es un polo de avistamiento de pájaros: 365 especies, entre migratorias y endémicas, se pueden ver en Minca y sus alrededores.

Nosotros nos quedamos en la finca de Kike, un generoso francés de ojos claros y pocas palabras, con suma sensibilidad para los animales y un dialecto colombiano por el que sólo a veces se asomaba un dejo mediterráneo. La razón es que él ha vivido casi la mitad de su vida por América Latina, desde la Domicana hasta Argentina (ojo acá), donde lo cagaron con la sucesión de un automotor y tuvo que permanecer dos años y medio viviendo con los hippies en Capilla del Monte.

No voy a abundar en exuberantes descripciones del paisaje de la finca. Me acuerdo que salí a la terraza y pensé: “esto es tan cliché que no se lo puedo contar a nadie”. Ahí, en un mismo momento, había todo. Y con todo, quiero decir todo: un arcoiris, el sol al oeste, la lluvia al este, un arroyo, flora desopilante, pájaros que cantaban, cafetales hasta donde se alcanzaba a ver, montañas altísimas de picos redondos, y a lo lejos, como una coronación casi innecesaria, una pequeña bahía protegida en la que brillaba el mar azul.

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Kike tuvo la idea de ir a ver una banda genial el sábado a la noche.

Imagínense champeta (ritmo caribeño) y System of a Down… en la misma canción.