ScQ #4: “NO PASE SIN SEGUIR”

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Mi irracional obsesión por el Transmilenio surgió hace dos años a partir de una nota que Carola Murúa escribió en El Ojo con Dientes en la que resaltaba, entre otras cosas, lo ventajoso que sería para la ciudad de Córdoba –un hervidero de vehículos de gran porte y pésimas decisiones edilicias—contar con un sistema así.

Si quieren saber qué es el Transmilenio, remito una y diez mil veces a la nota de Carola. Ella, que estuvo utilizándolo asiduamente durante un tiempo, puede dar fe del panorama completo. Yo, un pibe ingenuo que se subió una sola vez al Transmilenio, puedo agregar apenas una nota de color.

Cuestión que ese viernes nos subíamos con Lucho a un Transmilenio a eso de las diez de la mañana. Lo primero que le señalé era que la vibra en Bogotá era totalmente otra que la de los pueblos: la que nos cargó la tarjeta, tras la ventanilla bastante parecida a la de los subtes en Buenos Aires, ni me miró. Lo que sí (lo pude comprobar varias veces), siempre tienen la servil delicadeza de devolverte la tarjeta en la mano, en vez de arrojártela al fondo de la zanjita y buena suerte. Musitan un “gracias” o “a la orden” de colombiano rigor, que no se oxida pese a atender millares de pasajeros que cargan cara desencajada por sus propios mambos.

A Bogotá le dicen “la Nevera” porque hace frío y, además, Lucho añade que la gente acá es un toque ídem. Será porque es ciudad grande, sugiero yo. Él responde que en Medellín no es así. A los bogotanos no los quieren allá, pero éstos cada tanto alaban a sus vecinitos. Siempre destacan lo organizados y amables que son y más de uno se derrite cuando escucha el acento paisa.

La estación de Transmilenio está bastante concurrida, pero no es una locura incaminable. Me parece extraño, siendo día de semana a media mañana. El trole (es bastante parecido a un trole de los largos, con el acordeón en el medio) tarda diez minutos. Se me ocurre destacar acá que ninguno de los coches que tomamos durante el día tardó más de diez minutos. La estación está techada, vidriada a los costados y las puertas se abren automáticamente —la mayoría de las veces— cuando el bondi llega, o sea que la gente se aglutina bajo el cartelito de la línea que está por tomar. Cada estación de Transmilenio cuenta con tres o cuatro paradas de unas cuatro líneas cada una y custodiadas por dos canas uniformados con armas à la vue. Cuando llegó nuestro bondi, Lucho me hizo una seña y entró; una señora me dejó pasar y se metió inmediatamente.

Cuál será mi alegría cuando sube al bondi un vendedor ambulante de unos cañitos rellenos con dulce de leche. Yo me paro bien cerca para escuchar su speech, que me apasiona. El tipo es muy distinto a los vendedores de Córdoba: lleva camisa planchada, pantalón claro y zapatos bien lustrados. Es un chabón joven, de unos veintipico de años. Excelente postura y dicción, si quisiera agregarlo a su hoja de vida. Dice que no está por repartir el producto de mano en mano para no incomodar a los pasajeros, y también por cuestiones de higiene. Si de pronto quisieran alguno, le avisan a él y les sirve.

Vendió todos en ese viaje. Nosotros le compramos los dos últimos. Agradeció con suma diligencia y se paró al costado como un pasajero más. Pocos minutos después vi algo increíble: el chabón abría su mochila y sacaba de adentro un libro con tapa violeta. La portada rezaba: “Los Hábitos del Hombre Rico”.

Bogotá es una ciudad alucinante.

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Una foto movida vale un poco menos de mil palabras, pero ayuda

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Una de las frases que más me descolocó desde que llegué a Tabio es “siga, siga”. No sé si en toda Colombia dicen así. A grandes rasgos parece significar “pase”. Esto lo pude inferir gracias al chofer del colectivo que nos trajo de Bogotá:

—Siga, por favor, siga.

La gente recibía con cordialidad el petitorio que no tenía un dejo de orden estricta. Más tarde, cuando llegué a la casa, me dijeron:

—Siga, Patricio.

Es como si hubiera ya recorrido un larguísimo camino del que la puerta de la casa es apenas un hito donde paro a descansar los pies un minuto.

Pero eso no es todo. Cuando uno se está por sentar a comer, lo invitan también:

—Siga, por favor.

Como si uno hubiera deseado conscientemente hacer una pausa, cosa muy poco probable al ver la mesa llena de aguacate, arroz con cilantro, arepas y sopa de auyama.

Entonces uno asume el desafío, tan engorroso como inútil, de traducir los localismos de la lengua que angaú hablamos tan bien. Me doy cuenta de que hay ciertas cosas que son comunes —a veces me sorprende haber volado seis mil kilómetros y que las sillas, las mesas y las escaleras sigan casi iguales a como las conoce uno—, y otras distancias (léxicas, ponele) casi insalvables.

Me imagino al pobre Colón queriendo explicar a los Reyes qué es un tamal tolimense. Yo ni hago el intento porque él es un escritor consagrado y yo apenas un pichi que viaja.

Pero la brecha es apasionante. En el centro de Tabio hay un comercio con un cartel de una vaquita que dice:

“¡No pase sin seguir!”

— ¡Es que no nos damos cuenta! —dice Dianita, divertidísima.

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El man mira con una seriedad helada a un punto fijo, tira una cuerda con la mano izquierda y la campana tañe otra vez: ding grave. Voltea a verme, la misma seriedad helada. Yo cuento cinco segundos. Tira con la derecha y tañe otra vez: ding agudo. La respiración mortecina de la campana de la catedral inunda todo el parque. Él está parado en el hall de la iglesia, amplio espacio de suelo a cuadros que en días nublados como hoy está poblado por una frialdad y oscuridad solemnes.

-Alguien se dejó morir –dice Sandra.

-Con que ese es el sonido –digo yo.

Pienso en el libro de Hemingway y un cartel responde mi pregunta: Olga Lucía Borrego de Rodríguez ahora descansa en paz y la misa empieza a las dos de la tarde. Afuera hay un extraño coche funerario: un Renault 12 rojo una corona de flores en el techo con chapa de Bogotá. La iglesia está repleta. Un  tipo vestido como un empresario nos bordea fumando un cigarrillo, y mira el cartel como quien mira una bisagra o una cucaracha: es la clase de tipos que jamás vas a ver en una iglesia.

Acá se escuchan campanas a toda hora. Hay tañidos suaves cuando baja el sol y enérgicos golpes con la misa central. Sin embargo, el tañido funerario es por lejos el más oscuro. El arte sale de las muñecas de ese tipo que tira de dos cuerdas, una con su mano derecha y una con su mano izquierda, siempre una mirada helada —acompañando el luto o hastiado de su oficio—, que dobla las campanas por alguien para que todo el pueblo se entere de que se dejó morir y comente o rece en silencio o se acerque a entreoír el cotilleo.

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No, pero yo no soy arquitecto ni mucho menos. La primera lección de urbanismo me la dio mi vieja a los cuatro años, cuando me agarró de la mano para cruzar al maxikiosco y comprar puchos:

-La vereda es para las personas y la calle es para los autos, pochocho.

El deber del peatón moderno –ese miserable cacho de estadística que no posee auto, camión, colectivo, motoneta ni ciclomotor de ningún tipo- es sagrado e impostergable: hay que mirar a los dos lados antes de cruzar la calle.

Ahora resulta que estoy en un pueblo de Colombia, tierra mágica que me obliga a aflojar algunas estructuras y desaprender otras. Acá los autos se llaman carros, las veredas se llaman aceras o andenes, las sandías se llaman patillas (¡qué espanto!) y, como el jengibre, todo tiene otra función.

Tabio es un pequeño pueblo colonial que conserva su esencia en la calidez de las gentes y en el grosor de sus aceras. Las calles se cierran durante las fiestas religiosas y el centro está adornado con guirnaldas que van de los techos a un lado y otro. La alcaldía está lejos de ser uno de esos monstruosos edificios de hormigón: es más bien una casita de tejas larga y baja en la que te podés imaginar al alcalde saliendo en ojotas a atenderte si hacés palmas dos veces.

Cuestión que esta tarde iba caminando por la vereda del mercado detrás de dos señoras que se encontraron con una tercera justito saliendo de su casa. Como buen pueblo, el mitin fue instantáneo: las tres caderonas ocupando el ancho de una acera concebida hace cuatro siglos por un español con calzas. Yo, que iba atrás con una bolsa llena de aguacates, me vi obligado a bajar a la calle.

Ay, turista. Ahí vi que acá todo el mundo camina por la calle, y más bien son los autos los que esperan que la gente pase. Ahí tuve que desaprender el sabio precepto de mi vieja.

Yo volví a casa sano y salvo acaparando el centro de una calle adoquinada. Así mismo llegaron todos los que iban al mercado bajo el cielo gris de este pueblo de la sabana central cundinamarquesa fundado en 1603. Acá en los pueblos ser peatón es delicioso: el vil automovilista no tiene voz ni voto, y espera.

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Una del mejor poeta colombiano vivo hasta ahora.

La plata es una ilusión, cualquiera se equivoca
Porque al que no tiene televisor, no se le daña el televisor.

Y no hay peor pobre que el que no sabe bailar
La plata es una ilusión, no le meta mente López
Accione.

ScQ #2: “PIENSA PODRIDO Y ACERTARÁS”

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Si necesito una buena excusa para pensar por qué gasto plata en un remis por diez cuadras, probablemente pensaría primero en que todavía no hice un buen reconocimiento del terreno. Hace casi un año no hago el recorrido que separa mi laburo de mi casa acá en Corrientes, y no sé si en el camino faltan faroles, si se han abierto antros turbios, si por el camino acechan los timadores como pirañas en el oscurito.

Probablemente me haya vuelto viejo y cagón.

Son las cuatro de la mañana de un sábado y le pido al remis que avance por Poncho Verde, que es la avenida más iluminada. Me voy desilusionando de mi inversión de a poco: toda la avenida está tranquila, silenciosa y brillante. En la entrada del parque Mitre hay varios grupitos pequeños sentados uno muy cerca del otro, pibes de unos dieciocho o diecinueve años. No me permito sentir miedo en lo más mínimo: yo fui uno de ellos yirando en la madrugada. Después me pongo a pensar. Probablemente el remisero me cobre 50 pesos por este viaje, y me cabe por miedoso.

Recuerdo que me chorearon hace un año por estas calles y fue un bajón, pero un poco yo me doné. Venía escuchando Capitán Fiebre con los auriculares y casi no me di cuenta cuando me abordaron de a cuatro. Tenían un termo de tereré. Yo tenía una birra boca ancha en la mano. Mientras me sacaban la mochila (cuánto me hubiera servido esa mochila divina para llevar a Colombia), le pedí a uno de los guasos que me sostuviera la birra. No opuse resistencia. El chabón no se apuró. No tomó un trago de la birra. Cuando terminó la operación, me devolvió la cerveza. Lo miré: también habrá tenido unos diecinueve, pero no se parecía a mí. Uno de ellos agarró un cascote por si a mí se me ocurría alguna idea rara. Esa noche andaba sin ideas.

Probablemente me haya vuelto más viejo que cagón.

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Mi abuelo es fanático de los Renault 12. Isabella siempre dice “Renault 12” cuando habla de un auto viejo. Dice: “mi remisero tiene un Renault 12”, aunque los dos sabemos que es un Corsa. Sino dice: “vi un auto viejo, creo que era un Renault 12”. Es relativamente poco probable: casi no ves ningún Renault 12 por la calle, y si lo ves, seguramente es de mi abuelo.

Tiene Renaults 12 desde que eran una novedad, y de eso a esta parte pasó bastante tiempo. Uno de los primeros que se compró era gris y tenía una patente que decía ROA. Yo tenía 5 años. Fue el Mundial ’98. Yo estaba orgulloso de que mi patente se llamara igual que el arquero. Poco después lo vendió y se compró otro igual.

Cuatro mundiales después, entrábamos a la YPF de Avenida Pujol en un Renault 12 bordó con mi abuelo y mi abuela. En el playón mi abuelo dice:

“Llegamos. Si nos paramos acá ya podemos empujar.”

Vi el tablero: el tanque iba vacío. Él paró junto al surtidor, apagó el motor y se bajó. Mi abuela se da vuelta y me dice:

“Viejo mañoso, no puedo hacer que no cargue de a cien pesos. No entiendo por qué no carga quinientos o mil. No, hoy carga cien y mañana tiene que volver y cargar otros cien. Ay, ay, ay.”

“Claro, total no se pudre”, le digo yo.

“Qué mañoso que es.”

Nos quedamos en silencio unos minutos. El auto no tiene radio. Donde la tuvo hay un manojo de cables de colores. Yo miro el servicio de aire de la YPF. Todavía te dejan inflar gratis la bici, pero hoy no hay nadie. Hace mucho calor.

Mi abuelo abre la puerta. Tiene un pucho prendido.

“Le cargué trescientos para que no andes hablando pavadas.”

“Justamente estaba hablando pavadas.”

“Si te conozco”, dice mi abuelo.

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—Carlitos, ¿me hacés una especial de jamón y queso?

—Todas mis pizzas son especiales, amigo.

—Oooooooooatata, ¡así me gusta!

Carlitos se queda pensativo.

—Amigo, hay algo que no entiendo.

—Decime, Carlitos.

—¿Vos no eras de otro lado?

Le explico que soy de Corrientes pero vivo hace cuatro años en Córdoba, van para cinco. Que por qué quería saber.

—Ah, con razón. Te salió muy de adentro el oatata.

—Del corazón, más correntino que el yacaré —le digo yo, y él se pone a amasar.

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Cerca de la casa de un amigo había un basural enorme que quedaba frente a un pozo de Aguas de Corrientes.

Lo vaciaban dos veces por semana y se volvía a llenar, insistentemente. Ocupaba toda la vereda. Al lado del basural hay un olmo alto que, cuando se deshojaba, cubría todo con un manto amarillento. De más está decir que si podaban el olmo, enormes ramas peladas iban a parar también ahí como una auténtica barricada.

Calle Quintana tenía un eterno y salvaje aroma a mierda justo donde la empresa extraía agua para el aspersor de Tato y el tereré del pueblo.

Cuestión que ayer pasé y descubrí que lo solucionaron. No pusieron un container. No enrejaron la vereda. Ni siquiera pusieron a un gente a montar guardia para que nadie tire basura.

Del olmo colgaron un cartel que es una delicia argumentativa:

No seas basura. Uno es lo que hace. ¿Vos qué sos?

Firma al final la Municipalidad con su lema: “Lo nuestro es hacer – gestión Fabián Ríos”.

Si esto no es hacer con palabras, no sé qué es. Discurso performativo puro. Como dice mi abuelo: “piensa podrido y acertarás”.

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Andá a buscarla al ángulo, Underwood.

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“Quiero que escuches este chamamé. Un día íbamos en el auto con tu tía Laura yendo a Buenos Aires y le puse esta canción. Le dije que no escuche la melodía, escuchá la letra le dije. Me acuerdo que en la segunda parte ya se le caían las lágrimas. Mario escribe muy bien. Y no digo porque sea mi amigo. Él tiene algo que tienen los artistas. Los artistas miran eso, ponele esa palangana, y ven la misma palangana que vos pero ellos expresan en una canción algo que por ahí vos sentías de la palangana pero no podías expresar. Él agarra las historias de todos los viejos de su pueblo, que es un pueblo muy chiquito que se llama Loreto, y les pone música. Escuchá este. Se llama El hijo del chamamé”.

“Ahora te voy a contar una anécdota que me contó Mario cuando le fui a poner unos vidrios al supermercado de su mujer allá en Loreto. Dice que un día habían ido a actuar a un pueblo ahí cerca de Loreto, que se llama San Miguel. Y dice que cuando terminan de tocar, se baja del escenario, y se acerca un morocho grandote, medio viejo, con un sombrero, y le dice:

—¿Usted es Mario Bofill?

Dice que le dice: —sí señor.

—Quiero agradecerle por el respeto con el que trató a mi mamá en esa canción. Yo soy el hijo del chamamé.

Fijate cómo le dijo. No se puso él por delante. Primero agradeció el respeto que trató a su mamá. Y después le dijo: “yo soy el hijo del chamamé”.

Mario me dijo que algunas cosas le emocionan, pero esa vuelta directamente se partió a la mitad.”