ScQ #8: “DERECHO EN Mp3”

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Enfrente del supermercado de la 85 hay unos bancos de madera, como si te sentaras a ver un monumento. Toda la vereda es el techo de un enorme estacionamiento de tres niveles, y hay unas rejas puestas en el piso a través de las que, si te parás encima, podés ver un abismo gris de paredes de cemento y autos estacionados bajo tus pies.

El consumo dicta las reglas del espacio urbano. Tanto en estos barrios ostentosos donde todo brilla y está pulido, como en las anchas avenidas llenas de puestos de verduras y frutas, con sus caras, olores y colores que una mina de la Universidad de San Andrés denominó, simplemente, “barroco latinoamericano”. Señoras mayores con nietos en brazos atendiendo puestos frente a los que pasan mancos que cargan al hombro cestas de pan casero. Por allá hay un policía en cada esquina.

Acá, parece que no hacen falta tantos. Los bares son como catedrales, los eslóganes son como proverbios, y todo tiene un look como sagrado. La gente camina tranquila: señoras que pasean perros salchicha, jóvenes que llevan un smartphone blanco en la mano, y tipos de traje al cuerpo color azul y zapatos lustrados. Ninguno tiene apuro. Es lunes a las siete de la tarde y es como si cada uno estuviera saliendo de su casa.

Helena y yo nos sentamos a fumar. A nuestro lado hay un tipo joven, de traje, con auriculares puestos, tomando una cerveza Heineken y mirando a la nada.
En eso llega un viejo. Nos ofrece un pequeño discurso: dice que es del Perú, le han robado los documentos, se pasó el día en Migraciones y está esperando una respuesta de su país de origen. Yo le creo. Tiene acento. Y si no es peruano, se armó la historia y el personaje. El tipo es amable y humilde, y saluda como saludan todos acá, con pena por molestar, pero va a los bifes inmediatamente: se nota su apuro. Cuando le damos las monedas, casi como contrato tácito, el tipo sin decir gracias mira al costado. Se acercan dos policías.

El yuppie con la Heineken había desaparecido. Los canas se han puesto a increpar a un pequeño grupito de skaters con algunas latas de cerveza.
El viejo nos cuenta que hoy se aprobó el nuevo Código de Policía y, entre otras cosas, queda prohibido tomar en la calle. El código es de aplicación inmediata. Giro la cabeza para el otro lado: allá va el yuppie a paso rápido, con la lata verde en la mano. El peruano se despide diciendo que espera poder juntar algo para no tener que dormir afuera, agradece de corazón y hace mutis por el costado.

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Hay tanta gente vendiendo este nuevo Código por las calles de Bogotá que uno casi piensa que el Presidente lo aprobó para ayudar a los pulgueros. Se venden a grito pelado, como nos enseñaron que se vendían mazamorras en la Revolución. El ideal es más o menos el mismo y está escrito sobre piedra en la pared del Palacio Presidencial: “las leyes os darán la libertad”, dice Santander, el prócer cabezón con bigote de peluquero que apreciamos en el billete de dos mil pesos.

Me paro en uno de los mapas de la Plaza Bolívar para chusmear qué hay de lindo. Unos pasos más allá hay un guía turístico con un grupo tan grande de gringos que él tiene que hablar por micrófono con un inglés de OpenEnglish. Yo busco dónde está el “you are here” y veo qué hay en los alrededores aparte de fuentes e iglesias. Dos cuadras más abajo brilla la gran promesa: “Centro Cultural del Libro”.

El camino al Centro Cultural es bastante parecido a esa peatonal de Córdoba en la que los libreros salen a asaltarte con las armas de la cultura. Aunque esa cultura no es la misma que aprendemos en la Facultad de Filosofía: los manes, sonrientes vendedores de tez curtida por el sol de la sabana, te ofrecen DVDs de El Transportador 3, ediciones dudosas del Principito, revistas de crochet y manuales de legislación aduanera. Me quedo mirando un stand que dice que tiene toda la suite de Adobe 2017. El man me ve interesado y me alcanza tres DVDs en sobre. Dice que tres por dos. Y añade: “originales”.

Pero lo que más me gustaron son los audiolibros. Hay de todo lo que uno piense. Creo que, si me descuido, un colombiano ya grabó las siete entradas de este blog y está esperando ansioso para currar con esta octava. Es una verdadera discoteca de Babel. Horas y horas de garganta dedicadas a hacer más ameno el consumo de volúmenes gordos, ideales para reemplazar el esfuerzo de voltear una página cada treinta segundos por el sacrificio de calzarse los auriculares una sola vez.

El camino al Centro Cultural del Libro fue una experiencia tan intensa y tan colorida que casi no me di cuenta cuando llegué a la puerta. Consistía en un sobrio edificio de dos pisos parecido a un estudio jurídico. En los anaqueles de la entrada relucían libros de autoayuda. La mitad de los locales estaba cerrado, y la otra mitad de los locales estaba atendido por señores canosos que comían arroz con pollo a la plancha o dormitaban tranquilamente sobre el Libro del Buen Amor.

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Una pared cualquiera, llegando a la carrera Octava.

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A veces pienso: ¿será que me estoy volviendo rolo?

Síntomas: ya no espero que me saluden en la taquilla del Transmilenio. A veces digo “me regala” en vez de “me vendés”. Ya sé diferenciar entre calles y carreras y cómo cualquiera de las dos puede también ser una avenida. Ya no siento la compulsiva necesidad de sacarme una foto en la Plaza de los Periodistas. Todavía no comí un sándwich de queso de cabeza, pero creo que la mayoría de los bogotanos tampoco lo haría.

Entonces canchereo un poquito. Paso la tarjeta por el molinete y empujo sin mirar con actitud de superado. Y pienso de vuelta: “che, cada vez más bogotano”.

Hasta que el tipo delante mío tira el coso para atrás y pasa sin sacar la tarjeta de su bolsillo. Hay tres policías de espaldas: los tres tienen con rifles de calibre grueso y uno mira su celular. Un timing perfecto y dos mil pesos de premio. Se sube a un bus que sobre el parabrisas exhibe la leyenda: “#NoMásColadosEnTM”.

A mí todavía me falta un cachito.

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¿Se acuerdan que había puesto por acá que en Colombia a las sandías les dicen patillas? Me enteré por todas las veces que, al mostrar el tatuaje que me hice en Bogotá, la gente decía: “¡qué hermosa patilla!”.

La historia de la sandía con queso pertenece a los anales de la historia. Cuando me contaron que eso se comía, no lo creí. Poco después leí en un cuento de Benedetti que los porteños comen jamón con melón. Capaz lo hacen porque en Europa lo hacen, y cuando nos invadan los chinos va a estar de moda comer alacrán frito. No sé. Cuestión que revolviendo la Internet terminé encontrando una foto de Cumbio comiendo sandía con queso, y me pareció que había llegado a un punto insuperable en mi vida.

Las referencias a la sandía con queso, parece, nunca venían de ambientes cultos. Hasta que Helena me pasó una entrevista a Juan Gossaín, quien fuera (cito) “el periodista más famoso de Colombia” y que “en una época se alimentó exclusivamente de patilla con queso blanco”. A continuación, la nota consiste en una desordenada enumeración de datos extravagantes: el señor Gossaín no usa calzoncillos, el señor Gossaín ha resuelto cinco mil crucigramas, el señor Gossaín es incapaz de matar a una hormiga.

Todavía no sé quién es usted, señor Gossaín, pero lo admiro profundamente. Me parece bien, entonces, poner acá el único vallenato que dice que le llega al alma (y que a veces cantamos con Alonso cuando nos emborrachamos).

ScQ #4: “NO PASE SIN SEGUIR”

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Mi irracional obsesión por el Transmilenio surgió hace dos años a partir de una nota que Carola Murúa escribió en El Ojo con Dientes en la que resaltaba, entre otras cosas, lo ventajoso que sería para la ciudad de Córdoba –un hervidero de vehículos de gran porte y pésimas decisiones edilicias—contar con un sistema así.

Si quieren saber qué es el Transmilenio, remito una y diez mil veces a la nota de Carola. Ella, que estuvo utilizándolo asiduamente durante un tiempo, puede dar fe del panorama completo. Yo, un pibe ingenuo que se subió una sola vez al Transmilenio, puedo agregar apenas una nota de color.

Cuestión que ese viernes nos subíamos con Lucho a un Transmilenio a eso de las diez de la mañana. Lo primero que le señalé era que la vibra en Bogotá era totalmente otra que la de los pueblos: la que nos cargó la tarjeta, tras la ventanilla bastante parecida a la de los subtes en Buenos Aires, ni me miró. Lo que sí (lo pude comprobar varias veces), siempre tienen la servil delicadeza de devolverte la tarjeta en la mano, en vez de arrojártela al fondo de la zanjita y buena suerte. Musitan un “gracias” o “a la orden” de colombiano rigor, que no se oxida pese a atender millares de pasajeros que cargan cara desencajada por sus propios mambos.

A Bogotá le dicen “la Nevera” porque hace frío y, además, Lucho añade que la gente acá es un toque ídem. Será porque es ciudad grande, sugiero yo. Él responde que en Medellín no es así. A los bogotanos no los quieren allá, pero éstos cada tanto alaban a sus vecinitos. Siempre destacan lo organizados y amables que son y más de uno se derrite cuando escucha el acento paisa.

La estación de Transmilenio está bastante concurrida, pero no es una locura incaminable. Me parece extraño, siendo día de semana a media mañana. El trole (es bastante parecido a un trole de los largos, con el acordeón en el medio) tarda diez minutos. Se me ocurre destacar acá que ninguno de los coches que tomamos durante el día tardó más de diez minutos. La estación está techada, vidriada a los costados y las puertas se abren automáticamente —la mayoría de las veces— cuando el bondi llega, o sea que la gente se aglutina bajo el cartelito de la línea que está por tomar. Cada estación de Transmilenio cuenta con tres o cuatro paradas de unas cuatro líneas cada una y custodiadas por dos canas uniformados con armas à la vue. Cuando llegó nuestro bondi, Lucho me hizo una seña y entró; una señora me dejó pasar y se metió inmediatamente.

Cuál será mi alegría cuando sube al bondi un vendedor ambulante de unos cañitos rellenos con dulce de leche. Yo me paro bien cerca para escuchar su speech, que me apasiona. El tipo es muy distinto a los vendedores de Córdoba: lleva camisa planchada, pantalón claro y zapatos bien lustrados. Es un chabón joven, de unos veintipico de años. Excelente postura y dicción, si quisiera agregarlo a su hoja de vida. Dice que no está por repartir el producto de mano en mano para no incomodar a los pasajeros, y también por cuestiones de higiene. Si de pronto quisieran alguno, le avisan a él y les sirve.

Vendió todos en ese viaje. Nosotros le compramos los dos últimos. Agradeció con suma diligencia y se paró al costado como un pasajero más. Pocos minutos después vi algo increíble: el chabón abría su mochila y sacaba de adentro un libro con tapa violeta. La portada rezaba: “Los Hábitos del Hombre Rico”.

Bogotá es una ciudad alucinante.

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Una foto movida vale un poco menos de mil palabras, pero ayuda

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Una de las frases que más me descolocó desde que llegué a Tabio es “siga, siga”. No sé si en toda Colombia dicen así. A grandes rasgos parece significar “pase”. Esto lo pude inferir gracias al chofer del colectivo que nos trajo de Bogotá:

—Siga, por favor, siga.

La gente recibía con cordialidad el petitorio que no tenía un dejo de orden estricta. Más tarde, cuando llegué a la casa, me dijeron:

—Siga, Patricio.

Es como si hubiera ya recorrido un larguísimo camino del que la puerta de la casa es apenas un hito donde paro a descansar los pies un minuto.

Pero eso no es todo. Cuando uno se está por sentar a comer, lo invitan también:

—Siga, por favor.

Como si uno hubiera deseado conscientemente hacer una pausa, cosa muy poco probable al ver la mesa llena de aguacate, arroz con cilantro, arepas y sopa de auyama.

Entonces uno asume el desafío, tan engorroso como inútil, de traducir los localismos de la lengua que angaú hablamos tan bien. Me doy cuenta de que hay ciertas cosas que son comunes —a veces me sorprende haber volado seis mil kilómetros y que las sillas, las mesas y las escaleras sigan casi iguales a como las conoce uno—, y otras distancias (léxicas, ponele) casi insalvables.

Me imagino al pobre Colón queriendo explicar a los Reyes qué es un tamal tolimense. Yo ni hago el intento porque él es un escritor consagrado y yo apenas un pichi que viaja.

Pero la brecha es apasionante. En el centro de Tabio hay un comercio con un cartel de una vaquita que dice:

“¡No pase sin seguir!”

— ¡Es que no nos damos cuenta! —dice Dianita, divertidísima.

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El man mira con una seriedad helada a un punto fijo, tira una cuerda con la mano izquierda y la campana tañe otra vez: ding grave. Voltea a verme, la misma seriedad helada. Yo cuento cinco segundos. Tira con la derecha y tañe otra vez: ding agudo. La respiración mortecina de la campana de la catedral inunda todo el parque. Él está parado en el hall de la iglesia, amplio espacio de suelo a cuadros que en días nublados como hoy está poblado por una frialdad y oscuridad solemnes.

-Alguien se dejó morir –dice Sandra.

-Con que ese es el sonido –digo yo.

Pienso en el libro de Hemingway y un cartel responde mi pregunta: Olga Lucía Borrego de Rodríguez ahora descansa en paz y la misa empieza a las dos de la tarde. Afuera hay un extraño coche funerario: un Renault 12 rojo una corona de flores en el techo con chapa de Bogotá. La iglesia está repleta. Un  tipo vestido como un empresario nos bordea fumando un cigarrillo, y mira el cartel como quien mira una bisagra o una cucaracha: es la clase de tipos que jamás vas a ver en una iglesia.

Acá se escuchan campanas a toda hora. Hay tañidos suaves cuando baja el sol y enérgicos golpes con la misa central. Sin embargo, el tañido funerario es por lejos el más oscuro. El arte sale de las muñecas de ese tipo que tira de dos cuerdas, una con su mano derecha y una con su mano izquierda, siempre una mirada helada —acompañando el luto o hastiado de su oficio—, que dobla las campanas por alguien para que todo el pueblo se entere de que se dejó morir y comente o rece en silencio o se acerque a entreoír el cotilleo.

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No, pero yo no soy arquitecto ni mucho menos. La primera lección de urbanismo me la dio mi vieja a los cuatro años, cuando me agarró de la mano para cruzar al maxikiosco y comprar puchos:

-La vereda es para las personas y la calle es para los autos, pochocho.

El deber del peatón moderno –ese miserable cacho de estadística que no posee auto, camión, colectivo, motoneta ni ciclomotor de ningún tipo- es sagrado e impostergable: hay que mirar a los dos lados antes de cruzar la calle.

Ahora resulta que estoy en un pueblo de Colombia, tierra mágica que me obliga a aflojar algunas estructuras y desaprender otras. Acá los autos se llaman carros, las veredas se llaman aceras o andenes, las sandías se llaman patillas (¡qué espanto!) y, como el jengibre, todo tiene otra función.

Tabio es un pequeño pueblo colonial que conserva su esencia en la calidez de las gentes y en el grosor de sus aceras. Las calles se cierran durante las fiestas religiosas y el centro está adornado con guirnaldas que van de los techos a un lado y otro. La alcaldía está lejos de ser uno de esos monstruosos edificios de hormigón: es más bien una casita de tejas larga y baja en la que te podés imaginar al alcalde saliendo en ojotas a atenderte si hacés palmas dos veces.

Cuestión que esta tarde iba caminando por la vereda del mercado detrás de dos señoras que se encontraron con una tercera justito saliendo de su casa. Como buen pueblo, el mitin fue instantáneo: las tres caderonas ocupando el ancho de una acera concebida hace cuatro siglos por un español con calzas. Yo, que iba atrás con una bolsa llena de aguacates, me vi obligado a bajar a la calle.

Ay, turista. Ahí vi que acá todo el mundo camina por la calle, y más bien son los autos los que esperan que la gente pase. Ahí tuve que desaprender el sabio precepto de mi vieja.

Yo volví a casa sano y salvo acaparando el centro de una calle adoquinada. Así mismo llegaron todos los que iban al mercado bajo el cielo gris de este pueblo de la sabana central cundinamarquesa fundado en 1603. Acá en los pueblos ser peatón es delicioso: el vil automovilista no tiene voz ni voto, y espera.

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Una del mejor poeta colombiano vivo hasta ahora.

La plata es una ilusión, cualquiera se equivoca
Porque al que no tiene televisor, no se le daña el televisor.

Y no hay peor pobre que el que no sabe bailar
La plata es una ilusión, no le meta mente López
Accione.