ScQ #7: “KOGUIS ON THE SHORE”

sandia1

Palomino es uno de esos destinos colombianos bendecidos por la mismísima Pachamama: hace seis años era un desierto en el que se desplegaban balaceras entre guerrilleros y paracos, según me dijo un viejo paisa de por ahí.

Hoy es un pueblo con una sola calle asfaltada en donde pululan art hostels, palo santo, artesanías en tela y chicas morenas de gesto combativo con tatuajes en los muslos. Es como vacacionar en la Facultad de Filosofía, con todo lo desestimulante que es ver que las modas son iguales en todo el continente.

Pero eso no opaca su belleza natural. Al pie de la sierra, el pueblo de Palomino es el encuentro de un río del mismo nombre con el mar Caribe. La carretera queda saludablemente lejos de la orilla, para la que hay que caminar más o menos un kilómetro: una pequeña costa de arena anuncia un mar que suele ser muy bravo. Cuando cae la noche, lo rajan a uno los mosquitos o los guardacostas: a esa hora, los hippies empiezan a prender sus fogatas y en el aire se respira un ambiente parecido al Woodstock del ’69, cuando no al último corte difusión de Cultura Profética.

Una vez al año, en Palomino, se organiza el Festival Jaguar. Con la iniciativa de ser un festival con responsabilidad social que promueve la cultura y el desarrollo sostenible, agrupa en sus puertas tres días al año a vendedores de arepas y europeos pasados de ketamina. A lo largo de tres ediciones han pasado grupos y DJ’s de toda índole, desde Edson Velandia a (mi nuevo ídolo) Charles King, provenientes de todas partes de Latinuamérica a sonar por unos speakers inmensos que retumban literalmente en todo el pueblo. En Palomino no hay opción: o sos joven, desenfrenado y divertido, o tenés que meter la cabeza bien hondo en la arena. What you see is what you get.

Cuestión que, con Alonso, quisimos llevarnos una experiencia entrañable de nuestro paseo a la costa, y tuvimos la gran idea de hacer tubing. El tubing consiste en un mecanismo infantil e infalible: arrojarse del río Palomino a bordo de unos flotantes inmensos hasta llegar a la desembocadura con el mar.

El paseo es atractivo desde que empieza: unos locales te llevan en moto bien alto a la montaña y te dicen en su comprensible costeño que tenés que doblar a la izquierda o a la derecha en algún momento x. Y allá vas, caminando por un escarpado sendero en ojotas y cargando una dona gigante de metro y medio de espesor.

Cuando llevábamos una hora y media de caminata sin ver otro ser humano, empezamos a pensar que quizás nos habíamos pasado. Miramos alrededor: estábamos inmersos en la pura jungla, no escuchábamos una sola voz, timbraban a nuestro alrededor grillos y pájaros y, debajo de nuestros pies serpenteaban hormigueros. El río iba y venía al costado del camino pero nosotros jamás encontramos dónde bajarnos: cada tanto se lo oía aullar, como un presagio del “¿ya llegamos?”.

En cierto momento pasamos al lado de tres casas kogui. Los koguis son un pueblo precolombino que habita en la ladera norte de la Sierra Nevada de Santa Marta. Son conocidos por sus hermosas mochilas tejidas que son la debilidad de cualquier latinoamericanista que se precie, pero si uno los encuentra en el patio de su propia casa (unas cabañas con techo de paja redondo, siempre sembradas a un lado y con pequeños animales como perros y gallinas) te miran con una expresión absolutamente vacía de interés, sin decirte nada.

Pensamos que todo eso era parte del paseo, pero no vimos a nadie más. En cierto momento, cuando ya nos dimos enteramente por perdidos, encontramos el río. Atravesando la espesura de una jungla verde, dimos con la costa: la correntada era tal y las piedras eran tan grandes que no sabíamos si nuestro flotante iría a aguantar, si quedaríamos a pata en el primer rápido y tendríamos que nadar mariposa hasta encontrar el gran océano quién sabe cuántos kilómetros más adelante.

Pero fuimos. Chapoteando apenas en el agua helada, anduvimos por el río pasando largos períodos de silencio en el que no se veía nada más que montañas, árboles y piedras, montañas, árboles y piedras. Eran las cuatro de la tarde. Cada tanto, aparecía otro kogui en la orilla: una joven embarazada, sin pudor alguno —realmente, era como si nosotros no existiéramos: dos pollos flacos y mal bronceados extendidos sobre un flotante negro y torpe era un espectáculo que no les interesaba—, se bañaba en la orilla con sus vergüenzas al aire, como diría Colón.

Ya cuando eran las siete de la tarde y había anochecido por completo, y nosotros todavía no habíamos llegado al mar —en realidad, no habíamos visto dejo alguno de civilización occidental en todo el trayecto—, nos preocupamos un poquito. No es lo mismo un ameno paseo por un río tranquilo que estar perdido en la selva a la luz de la luna.

Teníamos la vaga certeza (más de manual de geografía que de propia experiencia) de que los ríos terminan siempre en el mar. Cuando no veíamos nada, seguíamos remando. Si veíamos algo blanco, seguramente era una piedra o una playa. Si nos internábamos mucho en lo negro, la corriente nos llevaba a la orilla, densamente arbolada en la que no sabías, con toda honestidad, qué podía estar agazapado ahí.

Llegamos al mar a las ocho y media de la noche. La primera figura humana que nos habló en todo el camino era un viejo negro, que estaba sentado en una mesa cenando a la luz de una vela. Dispuestos en la orilla estaban todos los flotantes de los turistas que habían hecho el mismo recorrido que nosotros durante el día, y ahora seguramente estaban cómodos en una hamaca en el hostel. Nosotros, cuatro horas después de navegar constantemente, nos sentíamos una especie de Robinson Crusoe iluminados por la Madre Naturaleza en su cósmica lección de humildad.

— ¿Son los últimos? —preguntó el viejo, como diciendo: “¿no hay más boludos como ustedes?”

queso1

16129481_10211272163296000_1440168278_ocassette1

Sí, sueño hace rato con hacer surf. No es fácil estar en un paraíso tropical y no pensar en qué haría uno si pudiera domar las olas. Hice surf una sola vez en mi vida, y lo que puedo decir es que toca ir muy para adentro del mar y nadar muy fuerte. Realmente, no es para cualquiera. Pensaría que no es para mí, pero no logro convencerme: quiero subirme a una tabla cuanto antes.

Mientras tanto, me conformo escuchando música alusiva. Ya pasé por los Tormentos, que vi en vivo el año pasado o el otro y me volaron la cabeza; pasé por los Frenéticos, la mejor banda de surf que salió jamás de una ciudad a mil kilómetros de cualquier océano. Y mi última gran obsesión son Las Piñas.

Es como Best Coast pero en Argentina. Inmejorable. Vean la foto de arriba, escuchen la canción, sueñen un rato, total…