ScQ #6: “NOS EMBROMARON, PANA”

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Apa, llueve. Y los colifas de la carrera 14 se están gritando entre ellos. “Yo te lo dije, no te voy a repetir ná”.

A lo lejitos suena una trompeta desafinada, como anunciando una carrera de galgos flacos. Yo estoy acá escuchando Mano Negra: “a mi ñero llevan pa’l monte, a mi ñero llevan pa’l monte”.

Sé que empezó a llover porque entra una brisa húmeda. El mar está acá a dos cuadras, pero no es del mar. Es agua dulce que cae de los cielos. El mar pica y la lluvia pasa desapercibida.

Dicen que estamos en la ciudad más antigua de Latinoamérica, pero en realidad es la tercera que ha sido habitada en forma permanente. (Las otras dos son: una de Venezuela, y la otra Panamá, a la que no fui pero me suena demasiado a shopping malls y free shops – antiquísima como el ingenio para los negocios).

Bueno, esta ciudad se llama Santa Marta. Y aunque no sea lo que promete ser, es algo mucho mejor: callejones coloridos, estrechos y empedrados con vistosos balcones repletos de bunganvilles. Hoy vi un estacionamiento adornado con un arco griego de piedra, verdadero y no imitación, sobre el cual se leía “Parqueadero”. No necesité ver más para decir en voz alta: “esta es la ciudad más linda que vi en mi vida. Bah, si no es la más linda, definitivamente está en el top cinco”. Los argentinos somos egocéntricos y creemos recordar una ciudad más linda que Santa Marta en el cono sur, más no sea Gualeguaychú o alguna loma colorada en las afueras de Oberá.

Santa Marta es bien distinta: los gringos vienen acá queriendo descubrir el espíritu de Latinuamérica, y van a los restaurantes que tienen carta bilingüe. Uno sube tres calles más y allí están los carritos de comidas. A la orden: jugo de corozo, buñuelos, chocolos con queso, pinchos de carne y pollo, pizzas hawaianas de 12 porciones y mojarras fritas, todo hecho ante sus ojos en la vía pública por talentosos chefs que el decoro no se anima a nombrar artesanos.

Esta semana en Argentina se celebró la fiesta de San Baltasar y a mí me sigue intrigando el carisma de los negros que, con los dientes amplios en su misteriosa sonrisa brillantina, te señalan que dos semáforos más allá vas a encontrar un lugar donde poder conseguir una habitación barata.

¿Qué es América? No sé. ¿Qué no es? Casi nada.

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Conocido por sus propiedades afrodisíacas.

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En esta semana que pasó conocimos a varios venezolanos que trabajan en la calle de Santa Marta.

Yo no los noto. Paramos y preguntamos una dirección, o les pedimos que nos sirvan dos empanadas. Siempre es Helena quien pregunta de dónde son, y a mí me sorprende cada vez que dicen: “Venezuela”.

Uno ve franceses, alemanes, brasileños, muchísimos argentinos en este lado del Caribe, pero no ve ningún venezolano de turista. Ellos están, claro. Estamos a menos de 300 kilómetros de la frontera con Venezuela. Pero se dedican, modestamente, a su labor: son promotores de boliches y restaurantes, vendedores de comida rápida y serviciales despachadores de lentes de imitación.

Ayer estuvimos hablando con uno en la playa. Él vendía empanadas de pollo. Las fabrica su esposa, y él sale a venderlas a la mañana y a la tarde. Por semana, junta 300.000 pesos colombianos, cosa de 100 dólares, unos 1600 pesos argentos. Eso en Venezuela es impensable.

Nos reveló las cifras de su contabilidad personal: el sueldo mínimo semanal es de 10.000 bolívares, y un paquete de harina cuesta 5.000. Por semana, ellos pueden comprar un paquete de harina y un paquete de arroz. Le pregunto cómo están los supermercados allá, por hacerme repetir una postal que ya tengo incorporada a la imaginación. “Vacíos, por supuesto”, dice.

Otro venezolano que conocimos la semana pasada nos lo dijo tajantemente:

“Nos embromaron con lo del socialismo, pana.”

Nosotros guardamos silencio.

“No sé si ustedes creen en eso, pero a nosotros nos embromaron.”

Él estaba solo en Santa Marta y trabajaba para mandar dinero a sus dos hijas, que vivían con su abuela en un pueblo cerca de Macaraibo. Se lo veía bañado en una felicidad contagiosa. “Teníamos todo”, dicen los venezolanos cada vez que les preguntás por el pasado, bastante antes de Maduro. Te lo dicen con una sonrisa del que no se ha dejado doblar por la adversidad y encontró otra forma de hacer las cosas.

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El mar está bravo y sorprendentemente sucio. Hay bolsas de plástico que vuelan como aves exóticas y bolsas de arpillera (gordas y coloradas) que flotan para la costa como salmones con sobrepeso. De a ratos, una nena morenita las levanta sonriente y las apila en la arena para que alguien se las lleve. En las tres horas que estuvimos en la playa, la pila seguía ahí. Sólo pasó un señor a levantarnos las latas de cerveza. Las metía en una bolsa llena de latas que después iba a cambiar por dinero. La iniciativa ambientalista movida por el propio beneficio. La altruista será mejor, pero acá no se ve mucho.

A pesar de que no nos queda casi plata, le compramos a un joven afro unas pulseras y unos llaveros de caracol, como para decir que llevamos regalos. Él nos dice en su costeño sin consonantes que estamos en mar de leva.

Ajá, digo yo. Qué será mar de leva.

Básicamente es un suceso del infierno en el que confluyen causas como la luna llena, la brisa, el perigeo, las corrientes oceánicas, las perturbaciones ciclónicas, los flatos poseidónicos y quién sabe qué otras cosas. Cuestión que es una teoría satisfactoria: en plena costa vemos romper olas de metro y medio que se llevan por delante a contingentes de jubilados en slip.

El joven afro añade que hay “mucha brisa”. La brisa en cuestión es un viento horizontal de 60 kilómetros por hora que te llena de arena del jopo a las ojotas. Nunca vi una ciudad tan llena de gente que persiguiera sombreros.

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Bueno, una última postal para no cansar.

Un par de días antes estuvimos en un lugar muy parecido al paraíso. El lugar se llama Minca y tiene (según los últimos reportes fieles, pero quién sabe) una población de 600 habitantes.

Lo que sí es cierto: el pueblo son básicamente dos calles que se cruzan. En esas dos calles está todo lo importante: la policía, un cajero y cuatro bares con billar.

Es un pequeño pueblo cafetero rodeado de montañas, en lo que se llama “zona de transición”: como queda a más de mil metros sobre el nivel del mar, allá hace lo que se dice “frío”. Lo cual es sorprendente porque, a media hora de viaje, tenés Santa Marta, su calor abrasador, su humedad marina, sus bíceps y escotes al sol.

El pueblo es el destino ñoño más encantador en el que estuve en mi vida. Es un polo de avistamiento de pájaros: 365 especies, entre migratorias y endémicas, se pueden ver en Minca y sus alrededores.

Nosotros nos quedamos en la finca de Kike, un generoso francés de ojos claros y pocas palabras, con suma sensibilidad para los animales y un dialecto colombiano por el que sólo a veces se asomaba un dejo mediterráneo. La razón es que él ha vivido casi la mitad de su vida por América Latina, desde la Domicana hasta Argentina (ojo acá), donde lo cagaron con la sucesión de un automotor y tuvo que permanecer dos años y medio viviendo con los hippies en Capilla del Monte.

No voy a abundar en exuberantes descripciones del paisaje de la finca. Me acuerdo que salí a la terraza y pensé: “esto es tan cliché que no se lo puedo contar a nadie”. Ahí, en un mismo momento, había todo. Y con todo, quiero decir todo: un arcoiris, el sol al oeste, la lluvia al este, un arroyo, flora desopilante, pájaros que cantaban, cafetales hasta donde se alcanzaba a ver, montañas altísimas de picos redondos, y a lo lejos, como una coronación casi innecesaria, una pequeña bahía protegida en la que brillaba el mar azul.

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Kike tuvo la idea de ir a ver una banda genial el sábado a la noche.

Imagínense champeta (ritmo caribeño) y System of a Down… en la misma canción.

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ScQ #3: “¿ARGENTINO?”

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Medio en joda medio en serio le digo a Alonso cómo me imagino cómo es el mundo detrás de la puerta de los vuelos internacionales en el aeropuerto: ese lugar debe estar lleno de beduinos con camellos, japoneses con súper cámaras Nikon e iroqueses con sus plumas en la cabeza. Una especie de plataforma nueve y tres cuartos de la multiculturalidad. Vuelos anunciados a los lugares más extraños: Bangkok, Nuuk, Atenas. Una pared llena de esos relojes que te muestran las horas de los husos más disímiles. Una azafata de una aerolínea australiana que viene y te habla en un inglés ranchero. En fin: todo lo que uno sueña leyendo enciclopedias y mirando NatGeo.

Alonso se caga de risa. Él sabe y yo no.

Pasé Migraciones, que es el trámite más jodido. Tengo un pie afuera de la República Argentina y un vértigo de madre primeriza, inexplicable sensación de bautismo en estas cosas de recorrer el mundo por el aire. De acá en más no sé cómo va a ser la cosa.

Pero adentro no hay beduinos, ni camellos, ni iroqueses, ni japoneses, ni antiguos egipcios ni togas ni anoraks ni la guardia suiza pontificia. Adentro hay algo todavía más universal que todo eso: un duty free shop. Baldosas de alto tránsito brillando bajo lámparas de bajo consumo. Giorgio Armani and his gang.

“¿Cuántas horas son a Miami?”, pregunta una mujer, bronceada y aburrida, con un iPhone en la mano.

“El mundo se esconde pero lo voy a encontrar”, pienso de golpe antes del embarque.

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No voy a mentir: las colombianas son muy lindas. Me di cuenta cuando bajé del avión. La chica de Migraciones parecía Miss Universo. Hubo algo indefiniblemente sexy en la manera en la que me preguntaba qué iba a hacer, dónde iba a estar, a qué me dedicaba, y por cuánto tiempo pensaba quedarme.

—Vengo a traficar amor, bonita.

No, no le dije eso. Esos lugares son más bien solemnes. Ni siquiera me sacó la foto de rigor. Me puso el sello en el pasaporte cuando se dio cuenta que no parecía una amenaza para ningún país explorado por el hombre blanco. “Siga por ahí”, indicó desganada.

Así encaré para la salida de un aeropuerto tan grande que no podría hundirse en el Paraná. Sin exagerar ni un tantico.

 

Tenía que buscar el equipaje. Me había demorado tanto en Migraciones que la cinta ya iba casi vacía. Observé pasar la misma valija de mierda tres veces como hipnotizado hasta que di la vuelta y encontré una chica más linda que la anterior parada con pose severa junto a mi mochila y sosteniendo un walkie-talkie. Si la chica de Migraciones era Miss Universo, ésta era diez veces más linda: es decir, del perfil exacto que me gusta a mí.

La bolsa que envolvía mi mochila estaba rasgada. El tajo al costado era tan sospechosamente grande como la bolsa de dormir que iba asegurada con hebillas. Le digo a la chica:

—Eu. Mirá… acá iba una bolsa de dormir que no está.

— ¿Señor? —dice ella. Yo me sentía como si los ángeles me hubieran servido un banquete de frutas tropicales y yo me quejara por el aire acondicionado.

—Que acá falta mi bolsa de dormir. Iba acá.

— ¿La colchoneta?

—Sí, eso.

Miss El Dorado prendió su walkie-talkie.

— ¿Quién copia? ¿Me haces un fa? ¿Te fijas si de pronto quedó en el depósito una colchoneta de esas que los pasajeros atan a las mochilas?

Aquella fue mi primera gran decepción en Bogotá: yo era nada más que uno de “los pasajeros”.

Una voz murmuró por el walkie-talkie con un acento tan encantador como el suyo.

—No hallaron nada, señor.

Mi preocupación creció. Nunca me había pasado nada parecido como perder equipaje en un aeropuerto y que me atienda una chica que parecía bajada en un tobogán desde la casa misma del Altísimo.

—Bueno. Vuelvo en un rato a ver si la encontraron.

—No puede volver a entrar una vez que sale —dijo ella sin mirarme.

— ¿Tienen algún número de teléfono? —dije yo, intentando no dejarme llevar por mi indignación de pulga perdida en un huracán.

—Anote.

Lo dijo de memoria.

—Llamo mañana… ¿puede ser?

—Vale —dijo ella, y se alejó lentamente con el walkie-talkie.

Había todavía una remota posibilidad de que me hubiera dado el suyo.

 

Pido minutos en una pequeña tienda y marco el número mirando los tetrabriks de aguardiente.

— ¿Equipaje?

Un tipo me confirma en perfecto bogotano lo que ya sabía: que había perdido la bolsa de dormir para siempre. Arrugo el papelito donde ese día anoté el número dos veces inútil. Tampoco voy a volver a ver a Miss El Dorado: uno no vuelve a entrar una vez que sale. Miro con más ganas el tetrabrik.

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Hoy, en “fotos épicas con una calidad de mierda”: el Aconcagua visto desde un coso volador de 35 metros de envergadura

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Entro a Bradbury Café, un pequeño local con luces bajas y techo ídem, en el centro de Tabio York.

La decoración es exuberante. Lo reciben a uno sillones tapizados, instrumentos precolombinos, televisores viejos, mesas llenas de postales y una muestra de action painting, obra de un pintor llamado Edgar Parra que justamente conocí ayer. Acá encuentro expuesta una de las obras que me mostró él mismo: titulada simplemente n°13, merced a una vocación nomencladora más arrolladora que los designios misteriosos del genio artístico. No me parece una casualidad: Tabio es un pueblo chico. Y lo que más me gusta a mí es unir lazos.

 

Una chica que toma una cocacola 350 me recibe con una sonrisa.

— ¡Hola! —le digo—. ¿Puedo mirar?

— ¡Claro! —dice ella.

— ¿Sirven café? —pregunto con torpeza, porque el lugar se llama Bradbury Café, tiene un cartel luminoso en la puerta que dice “café” y, por si fuera poco, estamos en un pueblo a 36 kilómetros de la capital del tercer mayor exportador de café del mundo.

—Sí, claro. De pronto te saco una mesa afuera por si quieres fumar.

Respondo que sí a su gentil ofrecimiento porque acabo de comprarme media cajetilla de Lucky Strike en el supermercado. Acá le dicen media cajetilla a la etiqueta de diez, como si dieran por sentado que en algún momento van a fumarse diez más.

 

Cuestión que en breve tengo el kit armado: cuello de tortuga, bufanda negra, pantalón de gabardina, mesa baja en el patio, cigarrillos y un café en camino. Si no soy un personaje de una película de Bertolucci es porque no me banco a los violines.

En la mesa de al lado hay una pareja hablando francés. Ya van por la tercera Póker, y parecen de buen humor. Vacilo en pedirles fuego: me doy cuenta de que no sé decir encendedor en francés  — apenas sí se pedir un briquet en colombiano. Me sirvo de una petición casi aristotélica, si no abiertamente bombaesteriana:

—Chicos, ¿tienen fuego?

—Oui —dice el rubio altote, lentes, barba, porte señorial.

—Vous êtes françaises?  —canchereo, insistiendo en mi indagación de obviedades.

—Oui! —dice él, con la cara entre intrigado y halagado que hace un europeo cuando le hablás en su idioma.

—Bienvenue!

—Merci!

— ¿Argentino? —dice ella, que resultó ser colombiana.

— ¿Se me nota mucho?

—Sí —sonríe entonces, junto a él. Y añade:— Bienvenido.

—Gracias, un placer —le digo simplemente, y vuelvo a mi rinconcito.

A veces uno juega a detective siendo el ser más obvio de Colombia a la vez que uno de los más felices.

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Si están en Chile, prueben la cerveza Kross. La fabrican en Curacaví, a pocos kilómetros de Viña del Mar. Tienen siete variedades. Yo probé la Ambar Ale. Hace que la de Antares parezca tomar voligoma. Si hay dos cosas que los chilenos saben hacer, es ganar finales y fabricar cerveza.

Una monjita de 7,2 de graduación hace que realmente adore este país, y todavía no salí de Pudahuel.

Al bar del aeropuerto lo atiende un cubano llamado Edgar. Lleva camisa al cuerpo y pose servicial pero no puede disimular la cara de embole. Son las dos de la mañana y en todo el tiempo que estuve no se asomó un solo cliente. Nos tocó en suerte tomarnos un trago escuchando la playlist que él recorría con gusto.

— ¿Bailás salsa? —le pregunto a Edgar.

—Sí, claro. Si no bailas salsa no eres cubano.

— ¿Tan así?

—Es como ustedes con el fútbol o el asao.

—Ah, entiendo.

—O los mexicanos con el picante. ¿Qué clase’e padre debes ser pa’darle picante a un niño de ocho años? ¡Ja! Lloran la primera vez, pero después se acostumbran, ¡oye!