ScQ #8: “DERECHO EN Mp3”

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Enfrente del supermercado de la 85 hay unos bancos de madera, como si te sentaras a ver un monumento. Toda la vereda es el techo de un enorme estacionamiento de tres niveles, y hay unas rejas puestas en el piso a través de las que, si te parás encima, podés ver un abismo gris de paredes de cemento y autos estacionados bajo tus pies.

El consumo dicta las reglas del espacio urbano. Tanto en estos barrios ostentosos donde todo brilla y está pulido, como en las anchas avenidas llenas de puestos de verduras y frutas, con sus caras, olores y colores que una mina de la Universidad de San Andrés denominó, simplemente, “barroco latinoamericano”. Señoras mayores con nietos en brazos atendiendo puestos frente a los que pasan mancos que cargan al hombro cestas de pan casero. Por allá hay un policía en cada esquina.

Acá, parece que no hacen falta tantos. Los bares son como catedrales, los eslóganes son como proverbios, y todo tiene un look como sagrado. La gente camina tranquila: señoras que pasean perros salchicha, jóvenes que llevan un smartphone blanco en la mano, y tipos de traje al cuerpo color azul y zapatos lustrados. Ninguno tiene apuro. Es lunes a las siete de la tarde y es como si cada uno estuviera saliendo de su casa.

Helena y yo nos sentamos a fumar. A nuestro lado hay un tipo joven, de traje, con auriculares puestos, tomando una cerveza Heineken y mirando a la nada.
En eso llega un viejo. Nos ofrece un pequeño discurso: dice que es del Perú, le han robado los documentos, se pasó el día en Migraciones y está esperando una respuesta de su país de origen. Yo le creo. Tiene acento. Y si no es peruano, se armó la historia y el personaje. El tipo es amable y humilde, y saluda como saludan todos acá, con pena por molestar, pero va a los bifes inmediatamente: se nota su apuro. Cuando le damos las monedas, casi como contrato tácito, el tipo sin decir gracias mira al costado. Se acercan dos policías.

El yuppie con la Heineken había desaparecido. Los canas se han puesto a increpar a un pequeño grupito de skaters con algunas latas de cerveza.
El viejo nos cuenta que hoy se aprobó el nuevo Código de Policía y, entre otras cosas, queda prohibido tomar en la calle. El código es de aplicación inmediata. Giro la cabeza para el otro lado: allá va el yuppie a paso rápido, con la lata verde en la mano. El peruano se despide diciendo que espera poder juntar algo para no tener que dormir afuera, agradece de corazón y hace mutis por el costado.

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Hay tanta gente vendiendo este nuevo Código por las calles de Bogotá que uno casi piensa que el Presidente lo aprobó para ayudar a los pulgueros. Se venden a grito pelado, como nos enseñaron que se vendían mazamorras en la Revolución. El ideal es más o menos el mismo y está escrito sobre piedra en la pared del Palacio Presidencial: “las leyes os darán la libertad”, dice Santander, el prócer cabezón con bigote de peluquero que apreciamos en el billete de dos mil pesos.

Me paro en uno de los mapas de la Plaza Bolívar para chusmear qué hay de lindo. Unos pasos más allá hay un guía turístico con un grupo tan grande de gringos que él tiene que hablar por micrófono con un inglés de OpenEnglish. Yo busco dónde está el “you are here” y veo qué hay en los alrededores aparte de fuentes e iglesias. Dos cuadras más abajo brilla la gran promesa: “Centro Cultural del Libro”.

El camino al Centro Cultural es bastante parecido a esa peatonal de Córdoba en la que los libreros salen a asaltarte con las armas de la cultura. Aunque esa cultura no es la misma que aprendemos en la Facultad de Filosofía: los manes, sonrientes vendedores de tez curtida por el sol de la sabana, te ofrecen DVDs de El Transportador 3, ediciones dudosas del Principito, revistas de crochet y manuales de legislación aduanera. Me quedo mirando un stand que dice que tiene toda la suite de Adobe 2017. El man me ve interesado y me alcanza tres DVDs en sobre. Dice que tres por dos. Y añade: “originales”.

Pero lo que más me gustaron son los audiolibros. Hay de todo lo que uno piense. Creo que, si me descuido, un colombiano ya grabó las siete entradas de este blog y está esperando ansioso para currar con esta octava. Es una verdadera discoteca de Babel. Horas y horas de garganta dedicadas a hacer más ameno el consumo de volúmenes gordos, ideales para reemplazar el esfuerzo de voltear una página cada treinta segundos por el sacrificio de calzarse los auriculares una sola vez.

El camino al Centro Cultural del Libro fue una experiencia tan intensa y tan colorida que casi no me di cuenta cuando llegué a la puerta. Consistía en un sobrio edificio de dos pisos parecido a un estudio jurídico. En los anaqueles de la entrada relucían libros de autoayuda. La mitad de los locales estaba cerrado, y la otra mitad de los locales estaba atendido por señores canosos que comían arroz con pollo a la plancha o dormitaban tranquilamente sobre el Libro del Buen Amor.

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Una pared cualquiera, llegando a la carrera Octava.

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A veces pienso: ¿será que me estoy volviendo rolo?

Síntomas: ya no espero que me saluden en la taquilla del Transmilenio. A veces digo “me regala” en vez de “me vendés”. Ya sé diferenciar entre calles y carreras y cómo cualquiera de las dos puede también ser una avenida. Ya no siento la compulsiva necesidad de sacarme una foto en la Plaza de los Periodistas. Todavía no comí un sándwich de queso de cabeza, pero creo que la mayoría de los bogotanos tampoco lo haría.

Entonces canchereo un poquito. Paso la tarjeta por el molinete y empujo sin mirar con actitud de superado. Y pienso de vuelta: “che, cada vez más bogotano”.

Hasta que el tipo delante mío tira el coso para atrás y pasa sin sacar la tarjeta de su bolsillo. Hay tres policías de espaldas: los tres tienen con rifles de calibre grueso y uno mira su celular. Un timing perfecto y dos mil pesos de premio. Se sube a un bus que sobre el parabrisas exhibe la leyenda: “#NoMásColadosEnTM”.

A mí todavía me falta un cachito.

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¿Se acuerdan que había puesto por acá que en Colombia a las sandías les dicen patillas? Me enteré por todas las veces que, al mostrar el tatuaje que me hice en Bogotá, la gente decía: “¡qué hermosa patilla!”.

La historia de la sandía con queso pertenece a los anales de la historia. Cuando me contaron que eso se comía, no lo creí. Poco después leí en un cuento de Benedetti que los porteños comen jamón con melón. Capaz lo hacen porque en Europa lo hacen, y cuando nos invadan los chinos va a estar de moda comer alacrán frito. No sé. Cuestión que revolviendo la Internet terminé encontrando una foto de Cumbio comiendo sandía con queso, y me pareció que había llegado a un punto insuperable en mi vida.

Las referencias a la sandía con queso, parece, nunca venían de ambientes cultos. Hasta que Helena me pasó una entrevista a Juan Gossaín, quien fuera (cito) “el periodista más famoso de Colombia” y que “en una época se alimentó exclusivamente de patilla con queso blanco”. A continuación, la nota consiste en una desordenada enumeración de datos extravagantes: el señor Gossaín no usa calzoncillos, el señor Gossaín ha resuelto cinco mil crucigramas, el señor Gossaín es incapaz de matar a una hormiga.

Todavía no sé quién es usted, señor Gossaín, pero lo admiro profundamente. Me parece bien, entonces, poner acá el único vallenato que dice que le llega al alma (y que a veces cantamos con Alonso cuando nos emborrachamos).

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ScQ #7: “KOGUIS ON THE SHORE”

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Palomino es uno de esos destinos colombianos bendecidos por la mismísima Pachamama: hace seis años era un desierto en el que se desplegaban balaceras entre guerrilleros y paracos, según me dijo un viejo paisa de por ahí.

Hoy es un pueblo con una sola calle asfaltada en donde pululan art hostels, palo santo, artesanías en tela y chicas morenas de gesto combativo con tatuajes en los muslos. Es como vacacionar en la Facultad de Filosofía, con todo lo desestimulante que es ver que las modas son iguales en todo el continente.

Pero eso no opaca su belleza natural. Al pie de la sierra, el pueblo de Palomino es el encuentro de un río del mismo nombre con el mar Caribe. La carretera queda saludablemente lejos de la orilla, para la que hay que caminar más o menos un kilómetro: una pequeña costa de arena anuncia un mar que suele ser muy bravo. Cuando cae la noche, lo rajan a uno los mosquitos o los guardacostas: a esa hora, los hippies empiezan a prender sus fogatas y en el aire se respira un ambiente parecido al Woodstock del ’69, cuando no al último corte difusión de Cultura Profética.

Una vez al año, en Palomino, se organiza el Festival Jaguar. Con la iniciativa de ser un festival con responsabilidad social que promueve la cultura y el desarrollo sostenible, agrupa en sus puertas tres días al año a vendedores de arepas y europeos pasados de ketamina. A lo largo de tres ediciones han pasado grupos y DJ’s de toda índole, desde Edson Velandia a (mi nuevo ídolo) Charles King, provenientes de todas partes de Latinuamérica a sonar por unos speakers inmensos que retumban literalmente en todo el pueblo. En Palomino no hay opción: o sos joven, desenfrenado y divertido, o tenés que meter la cabeza bien hondo en la arena. What you see is what you get.

Cuestión que, con Alonso, quisimos llevarnos una experiencia entrañable de nuestro paseo a la costa, y tuvimos la gran idea de hacer tubing. El tubing consiste en un mecanismo infantil e infalible: arrojarse del río Palomino a bordo de unos flotantes inmensos hasta llegar a la desembocadura con el mar.

El paseo es atractivo desde que empieza: unos locales te llevan en moto bien alto a la montaña y te dicen en su comprensible costeño que tenés que doblar a la izquierda o a la derecha en algún momento x. Y allá vas, caminando por un escarpado sendero en ojotas y cargando una dona gigante de metro y medio de espesor.

Cuando llevábamos una hora y media de caminata sin ver otro ser humano, empezamos a pensar que quizás nos habíamos pasado. Miramos alrededor: estábamos inmersos en la pura jungla, no escuchábamos una sola voz, timbraban a nuestro alrededor grillos y pájaros y, debajo de nuestros pies serpenteaban hormigueros. El río iba y venía al costado del camino pero nosotros jamás encontramos dónde bajarnos: cada tanto se lo oía aullar, como un presagio del “¿ya llegamos?”.

En cierto momento pasamos al lado de tres casas kogui. Los koguis son un pueblo precolombino que habita en la ladera norte de la Sierra Nevada de Santa Marta. Son conocidos por sus hermosas mochilas tejidas que son la debilidad de cualquier latinoamericanista que se precie, pero si uno los encuentra en el patio de su propia casa (unas cabañas con techo de paja redondo, siempre sembradas a un lado y con pequeños animales como perros y gallinas) te miran con una expresión absolutamente vacía de interés, sin decirte nada.

Pensamos que todo eso era parte del paseo, pero no vimos a nadie más. En cierto momento, cuando ya nos dimos enteramente por perdidos, encontramos el río. Atravesando la espesura de una jungla verde, dimos con la costa: la correntada era tal y las piedras eran tan grandes que no sabíamos si nuestro flotante iría a aguantar, si quedaríamos a pata en el primer rápido y tendríamos que nadar mariposa hasta encontrar el gran océano quién sabe cuántos kilómetros más adelante.

Pero fuimos. Chapoteando apenas en el agua helada, anduvimos por el río pasando largos períodos de silencio en el que no se veía nada más que montañas, árboles y piedras, montañas, árboles y piedras. Eran las cuatro de la tarde. Cada tanto, aparecía otro kogui en la orilla: una joven embarazada, sin pudor alguno —realmente, era como si nosotros no existiéramos: dos pollos flacos y mal bronceados extendidos sobre un flotante negro y torpe era un espectáculo que no les interesaba—, se bañaba en la orilla con sus vergüenzas al aire, como diría Colón.

Ya cuando eran las siete de la tarde y había anochecido por completo, y nosotros todavía no habíamos llegado al mar —en realidad, no habíamos visto dejo alguno de civilización occidental en todo el trayecto—, nos preocupamos un poquito. No es lo mismo un ameno paseo por un río tranquilo que estar perdido en la selva a la luz de la luna.

Teníamos la vaga certeza (más de manual de geografía que de propia experiencia) de que los ríos terminan siempre en el mar. Cuando no veíamos nada, seguíamos remando. Si veíamos algo blanco, seguramente era una piedra o una playa. Si nos internábamos mucho en lo negro, la corriente nos llevaba a la orilla, densamente arbolada en la que no sabías, con toda honestidad, qué podía estar agazapado ahí.

Llegamos al mar a las ocho y media de la noche. La primera figura humana que nos habló en todo el camino era un viejo negro, que estaba sentado en una mesa cenando a la luz de una vela. Dispuestos en la orilla estaban todos los flotantes de los turistas que habían hecho el mismo recorrido que nosotros durante el día, y ahora seguramente estaban cómodos en una hamaca en el hostel. Nosotros, cuatro horas después de navegar constantemente, nos sentíamos una especie de Robinson Crusoe iluminados por la Madre Naturaleza en su cósmica lección de humildad.

— ¿Son los últimos? —preguntó el viejo, como diciendo: “¿no hay más boludos como ustedes?”

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Sí, sueño hace rato con hacer surf. No es fácil estar en un paraíso tropical y no pensar en qué haría uno si pudiera domar las olas. Hice surf una sola vez en mi vida, y lo que puedo decir es que toca ir muy para adentro del mar y nadar muy fuerte. Realmente, no es para cualquiera. Pensaría que no es para mí, pero no logro convencerme: quiero subirme a una tabla cuanto antes.

Mientras tanto, me conformo escuchando música alusiva. Ya pasé por los Tormentos, que vi en vivo el año pasado o el otro y me volaron la cabeza; pasé por los Frenéticos, la mejor banda de surf que salió jamás de una ciudad a mil kilómetros de cualquier océano. Y mi última gran obsesión son Las Piñas.

Es como Best Coast pero en Argentina. Inmejorable. Vean la foto de arriba, escuchen la canción, sueñen un rato, total…

ScQ #6: “NOS EMBROMARON, PANA”

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Apa, llueve. Y los colifas de la carrera 14 se están gritando entre ellos. “Yo te lo dije, no te voy a repetir ná”.

A lo lejitos suena una trompeta desafinada, como anunciando una carrera de galgos flacos. Yo estoy acá escuchando Mano Negra: “a mi ñero llevan pa’l monte, a mi ñero llevan pa’l monte”.

Sé que empezó a llover porque entra una brisa húmeda. El mar está acá a dos cuadras, pero no es del mar. Es agua dulce que cae de los cielos. El mar pica y la lluvia pasa desapercibida.

Dicen que estamos en la ciudad más antigua de Latinoamérica, pero en realidad es la tercera que ha sido habitada en forma permanente. (Las otras dos son: una de Venezuela, y la otra Panamá, a la que no fui pero me suena demasiado a shopping malls y free shops – antiquísima como el ingenio para los negocios).

Bueno, esta ciudad se llama Santa Marta. Y aunque no sea lo que promete ser, es algo mucho mejor: callejones coloridos, estrechos y empedrados con vistosos balcones repletos de bunganvilles. Hoy vi un estacionamiento adornado con un arco griego de piedra, verdadero y no imitación, sobre el cual se leía “Parqueadero”. No necesité ver más para decir en voz alta: “esta es la ciudad más linda que vi en mi vida. Bah, si no es la más linda, definitivamente está en el top cinco”. Los argentinos somos egocéntricos y creemos recordar una ciudad más linda que Santa Marta en el cono sur, más no sea Gualeguaychú o alguna loma colorada en las afueras de Oberá.

Santa Marta es bien distinta: los gringos vienen acá queriendo descubrir el espíritu de Latinuamérica, y van a los restaurantes que tienen carta bilingüe. Uno sube tres calles más y allí están los carritos de comidas. A la orden: jugo de corozo, buñuelos, chocolos con queso, pinchos de carne y pollo, pizzas hawaianas de 12 porciones y mojarras fritas, todo hecho ante sus ojos en la vía pública por talentosos chefs que el decoro no se anima a nombrar artesanos.

Esta semana en Argentina se celebró la fiesta de San Baltasar y a mí me sigue intrigando el carisma de los negros que, con los dientes amplios en su misteriosa sonrisa brillantina, te señalan que dos semáforos más allá vas a encontrar un lugar donde poder conseguir una habitación barata.

¿Qué es América? No sé. ¿Qué no es? Casi nada.

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Conocido por sus propiedades afrodisíacas.

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En esta semana que pasó conocimos a varios venezolanos que trabajan en la calle de Santa Marta.

Yo no los noto. Paramos y preguntamos una dirección, o les pedimos que nos sirvan dos empanadas. Siempre es Helena quien pregunta de dónde son, y a mí me sorprende cada vez que dicen: “Venezuela”.

Uno ve franceses, alemanes, brasileños, muchísimos argentinos en este lado del Caribe, pero no ve ningún venezolano de turista. Ellos están, claro. Estamos a menos de 300 kilómetros de la frontera con Venezuela. Pero se dedican, modestamente, a su labor: son promotores de boliches y restaurantes, vendedores de comida rápida y serviciales despachadores de lentes de imitación.

Ayer estuvimos hablando con uno en la playa. Él vendía empanadas de pollo. Las fabrica su esposa, y él sale a venderlas a la mañana y a la tarde. Por semana, junta 300.000 pesos colombianos, cosa de 100 dólares, unos 1600 pesos argentos. Eso en Venezuela es impensable.

Nos reveló las cifras de su contabilidad personal: el sueldo mínimo semanal es de 10.000 bolívares, y un paquete de harina cuesta 5.000. Por semana, ellos pueden comprar un paquete de harina y un paquete de arroz. Le pregunto cómo están los supermercados allá, por hacerme repetir una postal que ya tengo incorporada a la imaginación. “Vacíos, por supuesto”, dice.

Otro venezolano que conocimos la semana pasada nos lo dijo tajantemente:

“Nos embromaron con lo del socialismo, pana.”

Nosotros guardamos silencio.

“No sé si ustedes creen en eso, pero a nosotros nos embromaron.”

Él estaba solo en Santa Marta y trabajaba para mandar dinero a sus dos hijas, que vivían con su abuela en un pueblo cerca de Macaraibo. Se lo veía bañado en una felicidad contagiosa. “Teníamos todo”, dicen los venezolanos cada vez que les preguntás por el pasado, bastante antes de Maduro. Te lo dicen con una sonrisa del que no se ha dejado doblar por la adversidad y encontró otra forma de hacer las cosas.

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El mar está bravo y sorprendentemente sucio. Hay bolsas de plástico que vuelan como aves exóticas y bolsas de arpillera (gordas y coloradas) que flotan para la costa como salmones con sobrepeso. De a ratos, una nena morenita las levanta sonriente y las apila en la arena para que alguien se las lleve. En las tres horas que estuvimos en la playa, la pila seguía ahí. Sólo pasó un señor a levantarnos las latas de cerveza. Las metía en una bolsa llena de latas que después iba a cambiar por dinero. La iniciativa ambientalista movida por el propio beneficio. La altruista será mejor, pero acá no se ve mucho.

A pesar de que no nos queda casi plata, le compramos a un joven afro unas pulseras y unos llaveros de caracol, como para decir que llevamos regalos. Él nos dice en su costeño sin consonantes que estamos en mar de leva.

Ajá, digo yo. Qué será mar de leva.

Básicamente es un suceso del infierno en el que confluyen causas como la luna llena, la brisa, el perigeo, las corrientes oceánicas, las perturbaciones ciclónicas, los flatos poseidónicos y quién sabe qué otras cosas. Cuestión que es una teoría satisfactoria: en plena costa vemos romper olas de metro y medio que se llevan por delante a contingentes de jubilados en slip.

El joven afro añade que hay “mucha brisa”. La brisa en cuestión es un viento horizontal de 60 kilómetros por hora que te llena de arena del jopo a las ojotas. Nunca vi una ciudad tan llena de gente que persiguiera sombreros.

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Bueno, una última postal para no cansar.

Un par de días antes estuvimos en un lugar muy parecido al paraíso. El lugar se llama Minca y tiene (según los últimos reportes fieles, pero quién sabe) una población de 600 habitantes.

Lo que sí es cierto: el pueblo son básicamente dos calles que se cruzan. En esas dos calles está todo lo importante: la policía, un cajero y cuatro bares con billar.

Es un pequeño pueblo cafetero rodeado de montañas, en lo que se llama “zona de transición”: como queda a más de mil metros sobre el nivel del mar, allá hace lo que se dice “frío”. Lo cual es sorprendente porque, a media hora de viaje, tenés Santa Marta, su calor abrasador, su humedad marina, sus bíceps y escotes al sol.

El pueblo es el destino ñoño más encantador en el que estuve en mi vida. Es un polo de avistamiento de pájaros: 365 especies, entre migratorias y endémicas, se pueden ver en Minca y sus alrededores.

Nosotros nos quedamos en la finca de Kike, un generoso francés de ojos claros y pocas palabras, con suma sensibilidad para los animales y un dialecto colombiano por el que sólo a veces se asomaba un dejo mediterráneo. La razón es que él ha vivido casi la mitad de su vida por América Latina, desde la Domicana hasta Argentina (ojo acá), donde lo cagaron con la sucesión de un automotor y tuvo que permanecer dos años y medio viviendo con los hippies en Capilla del Monte.

No voy a abundar en exuberantes descripciones del paisaje de la finca. Me acuerdo que salí a la terraza y pensé: “esto es tan cliché que no se lo puedo contar a nadie”. Ahí, en un mismo momento, había todo. Y con todo, quiero decir todo: un arcoiris, el sol al oeste, la lluvia al este, un arroyo, flora desopilante, pájaros que cantaban, cafetales hasta donde se alcanzaba a ver, montañas altísimas de picos redondos, y a lo lejos, como una coronación casi innecesaria, una pequeña bahía protegida en la que brillaba el mar azul.

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Kike tuvo la idea de ir a ver una banda genial el sábado a la noche.

Imagínense champeta (ritmo caribeño) y System of a Down… en la misma canción.

ScQ #4: “NO PASE SIN SEGUIR”

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Mi irracional obsesión por el Transmilenio surgió hace dos años a partir de una nota que Carola Murúa escribió en El Ojo con Dientes en la que resaltaba, entre otras cosas, lo ventajoso que sería para la ciudad de Córdoba –un hervidero de vehículos de gran porte y pésimas decisiones edilicias—contar con un sistema así.

Si quieren saber qué es el Transmilenio, remito una y diez mil veces a la nota de Carola. Ella, que estuvo utilizándolo asiduamente durante un tiempo, puede dar fe del panorama completo. Yo, un pibe ingenuo que se subió una sola vez al Transmilenio, puedo agregar apenas una nota de color.

Cuestión que ese viernes nos subíamos con Lucho a un Transmilenio a eso de las diez de la mañana. Lo primero que le señalé era que la vibra en Bogotá era totalmente otra que la de los pueblos: la que nos cargó la tarjeta, tras la ventanilla bastante parecida a la de los subtes en Buenos Aires, ni me miró. Lo que sí (lo pude comprobar varias veces), siempre tienen la servil delicadeza de devolverte la tarjeta en la mano, en vez de arrojártela al fondo de la zanjita y buena suerte. Musitan un “gracias” o “a la orden” de colombiano rigor, que no se oxida pese a atender millares de pasajeros que cargan cara desencajada por sus propios mambos.

A Bogotá le dicen “la Nevera” porque hace frío y, además, Lucho añade que la gente acá es un toque ídem. Será porque es ciudad grande, sugiero yo. Él responde que en Medellín no es así. A los bogotanos no los quieren allá, pero éstos cada tanto alaban a sus vecinitos. Siempre destacan lo organizados y amables que son y más de uno se derrite cuando escucha el acento paisa.

La estación de Transmilenio está bastante concurrida, pero no es una locura incaminable. Me parece extraño, siendo día de semana a media mañana. El trole (es bastante parecido a un trole de los largos, con el acordeón en el medio) tarda diez minutos. Se me ocurre destacar acá que ninguno de los coches que tomamos durante el día tardó más de diez minutos. La estación está techada, vidriada a los costados y las puertas se abren automáticamente —la mayoría de las veces— cuando el bondi llega, o sea que la gente se aglutina bajo el cartelito de la línea que está por tomar. Cada estación de Transmilenio cuenta con tres o cuatro paradas de unas cuatro líneas cada una y custodiadas por dos canas uniformados con armas à la vue. Cuando llegó nuestro bondi, Lucho me hizo una seña y entró; una señora me dejó pasar y se metió inmediatamente.

Cuál será mi alegría cuando sube al bondi un vendedor ambulante de unos cañitos rellenos con dulce de leche. Yo me paro bien cerca para escuchar su speech, que me apasiona. El tipo es muy distinto a los vendedores de Córdoba: lleva camisa planchada, pantalón claro y zapatos bien lustrados. Es un chabón joven, de unos veintipico de años. Excelente postura y dicción, si quisiera agregarlo a su hoja de vida. Dice que no está por repartir el producto de mano en mano para no incomodar a los pasajeros, y también por cuestiones de higiene. Si de pronto quisieran alguno, le avisan a él y les sirve.

Vendió todos en ese viaje. Nosotros le compramos los dos últimos. Agradeció con suma diligencia y se paró al costado como un pasajero más. Pocos minutos después vi algo increíble: el chabón abría su mochila y sacaba de adentro un libro con tapa violeta. La portada rezaba: “Los Hábitos del Hombre Rico”.

Bogotá es una ciudad alucinante.

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Una foto movida vale un poco menos de mil palabras, pero ayuda

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Una de las frases que más me descolocó desde que llegué a Tabio es “siga, siga”. No sé si en toda Colombia dicen así. A grandes rasgos parece significar “pase”. Esto lo pude inferir gracias al chofer del colectivo que nos trajo de Bogotá:

—Siga, por favor, siga.

La gente recibía con cordialidad el petitorio que no tenía un dejo de orden estricta. Más tarde, cuando llegué a la casa, me dijeron:

—Siga, Patricio.

Es como si hubiera ya recorrido un larguísimo camino del que la puerta de la casa es apenas un hito donde paro a descansar los pies un minuto.

Pero eso no es todo. Cuando uno se está por sentar a comer, lo invitan también:

—Siga, por favor.

Como si uno hubiera deseado conscientemente hacer una pausa, cosa muy poco probable al ver la mesa llena de aguacate, arroz con cilantro, arepas y sopa de auyama.

Entonces uno asume el desafío, tan engorroso como inútil, de traducir los localismos de la lengua que angaú hablamos tan bien. Me doy cuenta de que hay ciertas cosas que son comunes —a veces me sorprende haber volado seis mil kilómetros y que las sillas, las mesas y las escaleras sigan casi iguales a como las conoce uno—, y otras distancias (léxicas, ponele) casi insalvables.

Me imagino al pobre Colón queriendo explicar a los Reyes qué es un tamal tolimense. Yo ni hago el intento porque él es un escritor consagrado y yo apenas un pichi que viaja.

Pero la brecha es apasionante. En el centro de Tabio hay un comercio con un cartel de una vaquita que dice:

“¡No pase sin seguir!”

— ¡Es que no nos damos cuenta! —dice Dianita, divertidísima.

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El man mira con una seriedad helada a un punto fijo, tira una cuerda con la mano izquierda y la campana tañe otra vez: ding grave. Voltea a verme, la misma seriedad helada. Yo cuento cinco segundos. Tira con la derecha y tañe otra vez: ding agudo. La respiración mortecina de la campana de la catedral inunda todo el parque. Él está parado en el hall de la iglesia, amplio espacio de suelo a cuadros que en días nublados como hoy está poblado por una frialdad y oscuridad solemnes.

-Alguien se dejó morir –dice Sandra.

-Con que ese es el sonido –digo yo.

Pienso en el libro de Hemingway y un cartel responde mi pregunta: Olga Lucía Borrego de Rodríguez ahora descansa en paz y la misa empieza a las dos de la tarde. Afuera hay un extraño coche funerario: un Renault 12 rojo una corona de flores en el techo con chapa de Bogotá. La iglesia está repleta. Un  tipo vestido como un empresario nos bordea fumando un cigarrillo, y mira el cartel como quien mira una bisagra o una cucaracha: es la clase de tipos que jamás vas a ver en una iglesia.

Acá se escuchan campanas a toda hora. Hay tañidos suaves cuando baja el sol y enérgicos golpes con la misa central. Sin embargo, el tañido funerario es por lejos el más oscuro. El arte sale de las muñecas de ese tipo que tira de dos cuerdas, una con su mano derecha y una con su mano izquierda, siempre una mirada helada —acompañando el luto o hastiado de su oficio—, que dobla las campanas por alguien para que todo el pueblo se entere de que se dejó morir y comente o rece en silencio o se acerque a entreoír el cotilleo.

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No, pero yo no soy arquitecto ni mucho menos. La primera lección de urbanismo me la dio mi vieja a los cuatro años, cuando me agarró de la mano para cruzar al maxikiosco y comprar puchos:

-La vereda es para las personas y la calle es para los autos, pochocho.

El deber del peatón moderno –ese miserable cacho de estadística que no posee auto, camión, colectivo, motoneta ni ciclomotor de ningún tipo- es sagrado e impostergable: hay que mirar a los dos lados antes de cruzar la calle.

Ahora resulta que estoy en un pueblo de Colombia, tierra mágica que me obliga a aflojar algunas estructuras y desaprender otras. Acá los autos se llaman carros, las veredas se llaman aceras o andenes, las sandías se llaman patillas (¡qué espanto!) y, como el jengibre, todo tiene otra función.

Tabio es un pequeño pueblo colonial que conserva su esencia en la calidez de las gentes y en el grosor de sus aceras. Las calles se cierran durante las fiestas religiosas y el centro está adornado con guirnaldas que van de los techos a un lado y otro. La alcaldía está lejos de ser uno de esos monstruosos edificios de hormigón: es más bien una casita de tejas larga y baja en la que te podés imaginar al alcalde saliendo en ojotas a atenderte si hacés palmas dos veces.

Cuestión que esta tarde iba caminando por la vereda del mercado detrás de dos señoras que se encontraron con una tercera justito saliendo de su casa. Como buen pueblo, el mitin fue instantáneo: las tres caderonas ocupando el ancho de una acera concebida hace cuatro siglos por un español con calzas. Yo, que iba atrás con una bolsa llena de aguacates, me vi obligado a bajar a la calle.

Ay, turista. Ahí vi que acá todo el mundo camina por la calle, y más bien son los autos los que esperan que la gente pase. Ahí tuve que desaprender el sabio precepto de mi vieja.

Yo volví a casa sano y salvo acaparando el centro de una calle adoquinada. Así mismo llegaron todos los que iban al mercado bajo el cielo gris de este pueblo de la sabana central cundinamarquesa fundado en 1603. Acá en los pueblos ser peatón es delicioso: el vil automovilista no tiene voz ni voto, y espera.

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Una del mejor poeta colombiano vivo hasta ahora.

La plata es una ilusión, cualquiera se equivoca
Porque al que no tiene televisor, no se le daña el televisor.

Y no hay peor pobre que el que no sabe bailar
La plata es una ilusión, no le meta mente López
Accione.

ScQ #3: “¿ARGENTINO?”

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Medio en joda medio en serio le digo a Alonso cómo me imagino cómo es el mundo detrás de la puerta de los vuelos internacionales en el aeropuerto: ese lugar debe estar lleno de beduinos con camellos, japoneses con súper cámaras Nikon e iroqueses con sus plumas en la cabeza. Una especie de plataforma nueve y tres cuartos de la multiculturalidad. Vuelos anunciados a los lugares más extraños: Bangkok, Nuuk, Atenas. Una pared llena de esos relojes que te muestran las horas de los husos más disímiles. Una azafata de una aerolínea australiana que viene y te habla en un inglés ranchero. En fin: todo lo que uno sueña leyendo enciclopedias y mirando NatGeo.

Alonso se caga de risa. Él sabe y yo no.

Pasé Migraciones, que es el trámite más jodido. Tengo un pie afuera de la República Argentina y un vértigo de madre primeriza, inexplicable sensación de bautismo en estas cosas de recorrer el mundo por el aire. De acá en más no sé cómo va a ser la cosa.

Pero adentro no hay beduinos, ni camellos, ni iroqueses, ni japoneses, ni antiguos egipcios ni togas ni anoraks ni la guardia suiza pontificia. Adentro hay algo todavía más universal que todo eso: un duty free shop. Baldosas de alto tránsito brillando bajo lámparas de bajo consumo. Giorgio Armani and his gang.

“¿Cuántas horas son a Miami?”, pregunta una mujer, bronceada y aburrida, con un iPhone en la mano.

“El mundo se esconde pero lo voy a encontrar”, pienso de golpe antes del embarque.

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No voy a mentir: las colombianas son muy lindas. Me di cuenta cuando bajé del avión. La chica de Migraciones parecía Miss Universo. Hubo algo indefiniblemente sexy en la manera en la que me preguntaba qué iba a hacer, dónde iba a estar, a qué me dedicaba, y por cuánto tiempo pensaba quedarme.

—Vengo a traficar amor, bonita.

No, no le dije eso. Esos lugares son más bien solemnes. Ni siquiera me sacó la foto de rigor. Me puso el sello en el pasaporte cuando se dio cuenta que no parecía una amenaza para ningún país explorado por el hombre blanco. “Siga por ahí”, indicó desganada.

Así encaré para la salida de un aeropuerto tan grande que no podría hundirse en el Paraná. Sin exagerar ni un tantico.

 

Tenía que buscar el equipaje. Me había demorado tanto en Migraciones que la cinta ya iba casi vacía. Observé pasar la misma valija de mierda tres veces como hipnotizado hasta que di la vuelta y encontré una chica más linda que la anterior parada con pose severa junto a mi mochila y sosteniendo un walkie-talkie. Si la chica de Migraciones era Miss Universo, ésta era diez veces más linda: es decir, del perfil exacto que me gusta a mí.

La bolsa que envolvía mi mochila estaba rasgada. El tajo al costado era tan sospechosamente grande como la bolsa de dormir que iba asegurada con hebillas. Le digo a la chica:

—Eu. Mirá… acá iba una bolsa de dormir que no está.

— ¿Señor? —dice ella. Yo me sentía como si los ángeles me hubieran servido un banquete de frutas tropicales y yo me quejara por el aire acondicionado.

—Que acá falta mi bolsa de dormir. Iba acá.

— ¿La colchoneta?

—Sí, eso.

Miss El Dorado prendió su walkie-talkie.

— ¿Quién copia? ¿Me haces un fa? ¿Te fijas si de pronto quedó en el depósito una colchoneta de esas que los pasajeros atan a las mochilas?

Aquella fue mi primera gran decepción en Bogotá: yo era nada más que uno de “los pasajeros”.

Una voz murmuró por el walkie-talkie con un acento tan encantador como el suyo.

—No hallaron nada, señor.

Mi preocupación creció. Nunca me había pasado nada parecido como perder equipaje en un aeropuerto y que me atienda una chica que parecía bajada en un tobogán desde la casa misma del Altísimo.

—Bueno. Vuelvo en un rato a ver si la encontraron.

—No puede volver a entrar una vez que sale —dijo ella sin mirarme.

— ¿Tienen algún número de teléfono? —dije yo, intentando no dejarme llevar por mi indignación de pulga perdida en un huracán.

—Anote.

Lo dijo de memoria.

—Llamo mañana… ¿puede ser?

—Vale —dijo ella, y se alejó lentamente con el walkie-talkie.

Había todavía una remota posibilidad de que me hubiera dado el suyo.

 

Pido minutos en una pequeña tienda y marco el número mirando los tetrabriks de aguardiente.

— ¿Equipaje?

Un tipo me confirma en perfecto bogotano lo que ya sabía: que había perdido la bolsa de dormir para siempre. Arrugo el papelito donde ese día anoté el número dos veces inútil. Tampoco voy a volver a ver a Miss El Dorado: uno no vuelve a entrar una vez que sale. Miro con más ganas el tetrabrik.

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Hoy, en “fotos épicas con una calidad de mierda”: el Aconcagua visto desde un coso volador de 35 metros de envergadura

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Entro a Bradbury Café, un pequeño local con luces bajas y techo ídem, en el centro de Tabio York.

La decoración es exuberante. Lo reciben a uno sillones tapizados, instrumentos precolombinos, televisores viejos, mesas llenas de postales y una muestra de action painting, obra de un pintor llamado Edgar Parra que justamente conocí ayer. Acá encuentro expuesta una de las obras que me mostró él mismo: titulada simplemente n°13, merced a una vocación nomencladora más arrolladora que los designios misteriosos del genio artístico. No me parece una casualidad: Tabio es un pueblo chico. Y lo que más me gusta a mí es unir lazos.

 

Una chica que toma una cocacola 350 me recibe con una sonrisa.

— ¡Hola! —le digo—. ¿Puedo mirar?

— ¡Claro! —dice ella.

— ¿Sirven café? —pregunto con torpeza, porque el lugar se llama Bradbury Café, tiene un cartel luminoso en la puerta que dice “café” y, por si fuera poco, estamos en un pueblo a 36 kilómetros de la capital del tercer mayor exportador de café del mundo.

—Sí, claro. De pronto te saco una mesa afuera por si quieres fumar.

Respondo que sí a su gentil ofrecimiento porque acabo de comprarme media cajetilla de Lucky Strike en el supermercado. Acá le dicen media cajetilla a la etiqueta de diez, como si dieran por sentado que en algún momento van a fumarse diez más.

 

Cuestión que en breve tengo el kit armado: cuello de tortuga, bufanda negra, pantalón de gabardina, mesa baja en el patio, cigarrillos y un café en camino. Si no soy un personaje de una película de Bertolucci es porque no me banco a los violines.

En la mesa de al lado hay una pareja hablando francés. Ya van por la tercera Póker, y parecen de buen humor. Vacilo en pedirles fuego: me doy cuenta de que no sé decir encendedor en francés  — apenas sí se pedir un briquet en colombiano. Me sirvo de una petición casi aristotélica, si no abiertamente bombaesteriana:

—Chicos, ¿tienen fuego?

—Oui —dice el rubio altote, lentes, barba, porte señorial.

—Vous êtes françaises?  —canchereo, insistiendo en mi indagación de obviedades.

—Oui! —dice él, con la cara entre intrigado y halagado que hace un europeo cuando le hablás en su idioma.

—Bienvenue!

—Merci!

— ¿Argentino? —dice ella, que resultó ser colombiana.

— ¿Se me nota mucho?

—Sí —sonríe entonces, junto a él. Y añade:— Bienvenido.

—Gracias, un placer —le digo simplemente, y vuelvo a mi rinconcito.

A veces uno juega a detective siendo el ser más obvio de Colombia a la vez que uno de los más felices.

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Si están en Chile, prueben la cerveza Kross. La fabrican en Curacaví, a pocos kilómetros de Viña del Mar. Tienen siete variedades. Yo probé la Ambar Ale. Hace que la de Antares parezca tomar voligoma. Si hay dos cosas que los chilenos saben hacer, es ganar finales y fabricar cerveza.

Una monjita de 7,2 de graduación hace que realmente adore este país, y todavía no salí de Pudahuel.

Al bar del aeropuerto lo atiende un cubano llamado Edgar. Lleva camisa al cuerpo y pose servicial pero no puede disimular la cara de embole. Son las dos de la mañana y en todo el tiempo que estuve no se asomó un solo cliente. Nos tocó en suerte tomarnos un trago escuchando la playlist que él recorría con gusto.

— ¿Bailás salsa? —le pregunto a Edgar.

—Sí, claro. Si no bailas salsa no eres cubano.

— ¿Tan así?

—Es como ustedes con el fútbol o el asao.

—Ah, entiendo.

—O los mexicanos con el picante. ¿Qué clase’e padre debes ser pa’darle picante a un niño de ocho años? ¡Ja! Lloran la primera vez, pero después se acostumbran, ¡oye!

ScQ #2: “PIENSA PODRIDO Y ACERTARÁS”

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Si necesito una buena excusa para pensar por qué gasto plata en un remis por diez cuadras, probablemente pensaría primero en que todavía no hice un buen reconocimiento del terreno. Hace casi un año no hago el recorrido que separa mi laburo de mi casa acá en Corrientes, y no sé si en el camino faltan faroles, si se han abierto antros turbios, si por el camino acechan los timadores como pirañas en el oscurito.

Probablemente me haya vuelto viejo y cagón.

Son las cuatro de la mañana de un sábado y le pido al remis que avance por Poncho Verde, que es la avenida más iluminada. Me voy desilusionando de mi inversión de a poco: toda la avenida está tranquila, silenciosa y brillante. En la entrada del parque Mitre hay varios grupitos pequeños sentados uno muy cerca del otro, pibes de unos dieciocho o diecinueve años. No me permito sentir miedo en lo más mínimo: yo fui uno de ellos yirando en la madrugada. Después me pongo a pensar. Probablemente el remisero me cobre 50 pesos por este viaje, y me cabe por miedoso.

Recuerdo que me chorearon hace un año por estas calles y fue un bajón, pero un poco yo me doné. Venía escuchando Capitán Fiebre con los auriculares y casi no me di cuenta cuando me abordaron de a cuatro. Tenían un termo de tereré. Yo tenía una birra boca ancha en la mano. Mientras me sacaban la mochila (cuánto me hubiera servido esa mochila divina para llevar a Colombia), le pedí a uno de los guasos que me sostuviera la birra. No opuse resistencia. El chabón no se apuró. No tomó un trago de la birra. Cuando terminó la operación, me devolvió la cerveza. Lo miré: también habrá tenido unos diecinueve, pero no se parecía a mí. Uno de ellos agarró un cascote por si a mí se me ocurría alguna idea rara. Esa noche andaba sin ideas.

Probablemente me haya vuelto más viejo que cagón.

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Mi abuelo es fanático de los Renault 12. Isabella siempre dice “Renault 12” cuando habla de un auto viejo. Dice: “mi remisero tiene un Renault 12”, aunque los dos sabemos que es un Corsa. Sino dice: “vi un auto viejo, creo que era un Renault 12”. Es relativamente poco probable: casi no ves ningún Renault 12 por la calle, y si lo ves, seguramente es de mi abuelo.

Tiene Renaults 12 desde que eran una novedad, y de eso a esta parte pasó bastante tiempo. Uno de los primeros que se compró era gris y tenía una patente que decía ROA. Yo tenía 5 años. Fue el Mundial ’98. Yo estaba orgulloso de que mi patente se llamara igual que el arquero. Poco después lo vendió y se compró otro igual.

Cuatro mundiales después, entrábamos a la YPF de Avenida Pujol en un Renault 12 bordó con mi abuelo y mi abuela. En el playón mi abuelo dice:

“Llegamos. Si nos paramos acá ya podemos empujar.”

Vi el tablero: el tanque iba vacío. Él paró junto al surtidor, apagó el motor y se bajó. Mi abuela se da vuelta y me dice:

“Viejo mañoso, no puedo hacer que no cargue de a cien pesos. No entiendo por qué no carga quinientos o mil. No, hoy carga cien y mañana tiene que volver y cargar otros cien. Ay, ay, ay.”

“Claro, total no se pudre”, le digo yo.

“Qué mañoso que es.”

Nos quedamos en silencio unos minutos. El auto no tiene radio. Donde la tuvo hay un manojo de cables de colores. Yo miro el servicio de aire de la YPF. Todavía te dejan inflar gratis la bici, pero hoy no hay nadie. Hace mucho calor.

Mi abuelo abre la puerta. Tiene un pucho prendido.

“Le cargué trescientos para que no andes hablando pavadas.”

“Justamente estaba hablando pavadas.”

“Si te conozco”, dice mi abuelo.

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—Carlitos, ¿me hacés una especial de jamón y queso?

—Todas mis pizzas son especiales, amigo.

—Oooooooooatata, ¡así me gusta!

Carlitos se queda pensativo.

—Amigo, hay algo que no entiendo.

—Decime, Carlitos.

—¿Vos no eras de otro lado?

Le explico que soy de Corrientes pero vivo hace cuatro años en Córdoba, van para cinco. Que por qué quería saber.

—Ah, con razón. Te salió muy de adentro el oatata.

—Del corazón, más correntino que el yacaré —le digo yo, y él se pone a amasar.

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Cerca de la casa de un amigo había un basural enorme que quedaba frente a un pozo de Aguas de Corrientes.

Lo vaciaban dos veces por semana y se volvía a llenar, insistentemente. Ocupaba toda la vereda. Al lado del basural hay un olmo alto que, cuando se deshojaba, cubría todo con un manto amarillento. De más está decir que si podaban el olmo, enormes ramas peladas iban a parar también ahí como una auténtica barricada.

Calle Quintana tenía un eterno y salvaje aroma a mierda justo donde la empresa extraía agua para el aspersor de Tato y el tereré del pueblo.

Cuestión que ayer pasé y descubrí que lo solucionaron. No pusieron un container. No enrejaron la vereda. Ni siquiera pusieron a un gente a montar guardia para que nadie tire basura.

Del olmo colgaron un cartel que es una delicia argumentativa:

No seas basura. Uno es lo que hace. ¿Vos qué sos?

Firma al final la Municipalidad con su lema: “Lo nuestro es hacer – gestión Fabián Ríos”.

Si esto no es hacer con palabras, no sé qué es. Discurso performativo puro. Como dice mi abuelo: “piensa podrido y acertarás”.

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Andá a buscarla al ángulo, Underwood.

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“Quiero que escuches este chamamé. Un día íbamos en el auto con tu tía Laura yendo a Buenos Aires y le puse esta canción. Le dije que no escuche la melodía, escuchá la letra le dije. Me acuerdo que en la segunda parte ya se le caían las lágrimas. Mario escribe muy bien. Y no digo porque sea mi amigo. Él tiene algo que tienen los artistas. Los artistas miran eso, ponele esa palangana, y ven la misma palangana que vos pero ellos expresan en una canción algo que por ahí vos sentías de la palangana pero no podías expresar. Él agarra las historias de todos los viejos de su pueblo, que es un pueblo muy chiquito que se llama Loreto, y les pone música. Escuchá este. Se llama El hijo del chamamé”.

“Ahora te voy a contar una anécdota que me contó Mario cuando le fui a poner unos vidrios al supermercado de su mujer allá en Loreto. Dice que un día habían ido a actuar a un pueblo ahí cerca de Loreto, que se llama San Miguel. Y dice que cuando terminan de tocar, se baja del escenario, y se acerca un morocho grandote, medio viejo, con un sombrero, y le dice:

—¿Usted es Mario Bofill?

Dice que le dice: —sí señor.

—Quiero agradecerle por el respeto con el que trató a mi mamá en esa canción. Yo soy el hijo del chamamé.

Fijate cómo le dijo. No se puso él por delante. Primero agradeció el respeto que trató a su mamá. Y después le dijo: “yo soy el hijo del chamamé”.

Mario me dijo que algunas cosas le emocionan, pero esa vuelta directamente se partió a la mitad.”

ScQ #1: “CHAU, CHAMIGO!”

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Llovía a baldazos cuando entré a Resistencia. Mi abuelo lo había visto desde el puerto de Corrientes, que queda a treinta kilómetros: “che, te vas justo a donde está refusilando”.

Yo me hice como que tenía todo calculado, y no había calculado un carajo. “Ya sé”, le dije.

“¿Te vas a fornicar?”, me preguntó, como siempre. “Eso no es todo en la vida”, le respondí. Era más fácil que responderle que iba a un festival anarco-queer solo, a ver si me encontraba con alguien, porque tocaba Bife a eso de las once de la noche.

No me dijo ni cuidate ni nada. Me dijo que si tenía plata para el colectivo, y que no anduviera por ahí dando lástima en el Chaco. Para un correntino no hay nada peor que andar dando lástima en el Chaco. Lo sé porque me pasó un par de veces y a él le habrán pasado otras tantas. Me dijo que si la policía preguntaba no dijera que era nieto suyo.

“Va a caer un policía chaqueño a preguntar quién es el abuelo del pájaro loco”, le contesté señalando mi pelo verde.

Se rió como nunca lo escuche reírse, y me dio veinte pesos para el pasaje del Ticsa.

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Básicamente eso: entré a Resistencia el viernes sin un puto plan. Vamos a hacer una breve recapitulación para que vean cuán intensa es la vida cuando quiere: esa misma mañana me desperté en la casa de mi mejor amigo en Nueva Córdoba con un aguacero torrencial, endemoniado. Yo iba cargado de valijas, y una hora después estaba aterrizando en tierra chaqueña para descubrir, como una especie de corolario de un montón de sucesos infortunados, que la puerta del avión no daba a la manga y tenía que caminar doscientos metros bajo la lluvia.

Se diría que estoy de vacaciones en Corrientes si no fuera más salado que la mierda, y tuviera que trabajar el doble para revertir mi mala suerte.

Cuestión que todo el día estuvo espantoso en las tres provincias que crucé. Al llegar a la casa de mi infancia, cuatro horas después de salir de la casa de mi mejor amigo en la calle Ituzaingó, mi abuelo estaba tomando un Red Label en el garaje sentado en una silleta y tuvo que mover el culo cuando quisimos estacionar la chata.

“¡Hola pájaro loco!”, me dijo, tendiéndome un traguito del whisky que degusta on the rocks. Yo le acepté el trago aunque todavía estaba sin desayunar.

No había parado de llover en ningún momento y en ningún lugar y tenía pinta de que iba a seguir así hasta nuevo aviso.

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Romana me saluda desde el umbral de una puerta, y parece el doble de alta de lo que es (y es más alta que yo), como si estuviera sobre zancos. Tiene un maquillaje rarísimo, como de una especie de drag queen gótica. Yo no la reconozco y la saludo igual, porque todos en la fiesta se saludan. Amago saludarla con un beso, aunque después recapacito que acá se saluda con dos, pero ella me saca del apuro: me tiende la mano como la reina que es y yo estoy casi seguro de que sí es Romana.

La fiesta en la que estoy es el festival Anarcuir (excelente acrónimo castellanizado de “anarco” y “queer”), que iba a ser el festival de cierre de la Marcha de lxs Putxs Chaco-Corrientes que la lluvia aguó en su amargura reaccionaria. A los presentes les importó un carajo el percance: el festival se hacía igual y estaban pasándola bien. Cuando llegué estaba Casco declamando un poema escrito con un yo mujer, imponiéndose en su metro ochenta de barba poblada corte marxista, lentes de marco grueso, labios rojos y una larga falda negra.

Pero lo mejor del festival eran sin duda lxs Bife. Lxs encontré cuando no había llegado casi nadie –acá en el Litoral la movida nocturna arranca después de las diez cuando escampa o la tierra no arde tanto-: dos cabezas peladas y dos cuerpos carnosos, dos jetas adornadas con maquillaje a mano alzada y dos voces de tango milonga condecoradas con la bandera multicolor, una grave y una aguda: una guitarra y un ukelele por todo arsenal. Toda espectador sensible sabrá de lo que estamos hablando, y si no los cruzaste nunca en vivo no pierdas la oportunidad de verlos en sus personajes explosivos e incategorizables: Bife es uno de los mejores dúos acústicos de la Argentina.

El carnaval estaba ahí entre provocadora fotografía de pezones marrones y fanzines combativos y creo que no había forma de creer que nos habíamos equivocado de lugar.

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Isabella me hizo conocer varios de los lugares más lindos de Resistencia, ciudad que si andás desprevenido parece aburrida y chata como una pizza sin salsa, balance que confirma que hay que aprender a mirar mejor y estar más atento. Y sobre todo, caminar con lugareños que la hayan caminado. La última vez que la visité ella me llevó a un museo insospechable, una especie de estación de tren reformada en la que vos subías al piso dos por una escalera de madera y el piso rechinaba mientras vos mirabas carpinchos disecados. Mentimos nombre y edad en el libro de visitas. Me prometí volver, pero nunca a la siesta en verano.

Estábamos tomando un café en la Casa de las Culturas y me dice:

“¿Y ahora qué hacemos?”

Yo tenía la camisa empapada en agua de lluvia y ninguna clase de apuro.

“No sé”, le dije.

“Vamos a Banny”, dice.

“¿Qué es Banny?”

“Una casa de juegos.”

“Vamos”, le dije. “¿Qué juegos hay?”

“No sé”, dice. “Fichines”.

Banny era como si hubieran mezclado Volver al Futuro con la terminal de ómnibus, más un poco de la mística de moscato, pizza y fainá aunque probablemente no se sirvieran ahí ninguna de las tres cosas. Para llegar a los fichines tenés que atravesar un comedor adornado con luces de todos los colores, ambiente infaltable en la gastronomía urbana ochentosa. Banny consiste en un salón largo repleto de juegos de toda clase, desde esas horribles pistas de danza hasta el Daytona doble con volantes pasando por el clásico King of Fighter y la jukebox que en ese momento expedía La Renga como sonando desde el fondo de un cañaveral. El precio es de antaño: dos pesos la ficha.

Nos acercamos a las mesas de pool. El control era básicamente un chabón flaco como una espiga sentado en una mesa tipo escolar leyendo el Diario Norte. Nos cobró quince pesos, nos dio la bola blanca y nos acomodó el triángulo con una sola mano.

En ese lugar nadie escabiaba. Yo sentía que estaba en uno de los mejores lugares del mundo y con la mejor compañía posible. También había dejado de llover, aunque mi camisa goteaba como un sauce plantado en el altar.

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Pre-consagración

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Son las cuatro am del viernes 2 de diciembre del 2016 y la expedición a Resistencia terminó porque mañana me tengo que levantar bien temprano. Descubro para mi alegría que a esta hora no pasa el bondi que me lleva a Corrientes.

¿Qué carajo hacer?

Vengo en un remis solo que tampoco sé si voy a poder pagar. Primero le digo que me deje en la plaza (en Resistencia decís simplemente “la plaza”, como buena ciudad del interior). Después se me ocurre la idea fugaz: hay una empresa de remises que se llaman Chaco Corrientes y te llevan del centro de Resis a Corrientes por un monto relativamente accesible. Nunca tomé uno en mi vida, pero siempre los veo pasar con su color característico blanco, verde y rojo que me hacen pensar que son tubos de dentífrico con ruedas.

“Vamos para la parada de los remises a Corrientes”, le digo al tachero.

“Teníamos que dar la vuelta hace dos cuadras”.

“Bueno, no sé. No soy de acá”, me disculpo.

La radio viene sonando con temas soft de los ’80. Eso más la humedad pegajosa, más las luces perezosas, más el recuerdo de Banny que no se me despega, le da a esta noche un look de película de amor futurista post-apocalíptica litoraleña, que si tuviera una pizca más de talento podría fácilmente convertir en un exitoso corto que conquiste la ternura de los porteños.

“Es acá”, dice el tachero. Me dice que le debo setenta pesos sin mirar un puto papel ni un taxímetro ni nada. Se los pago; no hay tu tía. Por un viaje similar en Córdoba me hubieran cobrado ciento quince.

Me bajo del taxi y camino hasta el local de los remises.

En la puerta hay un pibe parado. Un pibe bien pibe. 12 años como mucho.

“Sos el primero”, me dice.

El sistema de los Chaco-Corrientes es así: cada viaje sale tanta plata. Si esperás a alguien viajás de a dos, y cada uno paga la mitad. Si esperan a alguien más, viajan de a tres, pagan un tercio cada uno. Y así. Hasta cuatro. Muchos eligen no viajar arrinconados entre dos desconocidos metidos en un tubo de dentífrico, especialmente en el verano del nordeste argentino.

La remisería es un galponcito semivacío alumbrado por un solo fluorescente. La mitad de la pared está pintada de blanco, verde y rojo; la otra mitad tiene ladrillos a la vista. Justo en la confluencia de ambas mitades hay un enorme mapa con las calles de Resistencia y todos los arroyos y bañados circundantes –es una ciudad que, si no fuera por el peronismo, se hubiera hundido hace rato-. Bajo el mapa, está el escritorio del pibe repleto de papeles. Del lado opuesto al escritorio hay un placard de madera y un banco que parece más incómodo que sentarse en una aguja.

Me acuesto sobre el banco y me saco las cosas de los bolsillos. Estoy hecho bosta. Ni siquiera me acuerdo de las turbulencias de la mañana, de la borrasca de la tarde y de toda la cerveza artesanal tibia que tomé con los travestis de la fiesta. Cuento mi plata: exactamente un sarmiento y dos sanmartines dan un total de sesenta pesos cash para llegar, de alguna forma, a mi casa que queda a cuarenta kilómetros de donde tengo dormitando el culo.

“¿Hace cuánto salió el último?”

“Un rato”, dice el pibe. “Media hora”.

Quedamos en silencio. Diez minutos, quince. Yo no pienso en absolutamente nada. No tengo sueño. Tengo más ganas de fumar, o jugar a los fichines. Guardo esos sesenta pesos como si fueran a servir para algo. Al lado hay un kiosco que está cerrando y al que no le compré puchos menos por aguantarme las ganas que por no molestar al kiosquero que, como buen chaqueño apurado, iba llaveando con el casco de moto en la mano.

Llega una mina apuradísima.

“¿Acá remises?”, dice.

“Sí”, dice el pibe, que estaba recostado en la puerta. “Aquél también va”.

Me paro y me pongo de vuelta el sombrero.

“¿Cómo es esto?”, le pregunto al pibe.

“Sale ciento veinte. Si van los dos pagan sesenta cada uno.”

“¿Vamos?”, le digo a la mina, como si la invitara al cine.

“Sí, vamos, yo tengo sesenta”, dice la mina, y se va a la esquina a saludar a un compinchi.

“¿Hace cuánto trabajás acá?”, le digo al pibe.

“Una semana”, dice.

Un pibe de doce años atendiendo una remisería a las cuatro de la madrugada es el cuadro final de ese corto que va a conquistar el Bafici el año que viene.

“Parece tranquilo.”

Él mira mi pelo verde.

“¿Ése es tu pelo pelo?”

“Teñido”, le digo.

Veo que la mina cruza la calle y se mete en el remís. El pibe le hace una seña al remisero: se van.

“Chau, gracias”, le digo.

“Chau, chamigo”, dice el pibe mirándome a los ojos, y vuelve a sentarse en el escritorio.

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BIFE manifiesta lo peor de una tendencia que degrada nuestra oferta cultural. Una persona sin formación estética puede sentirse tentada por una propuesta que va a lo fácil: música para bailar.

Los géneros favoritos son la cumbia, algo de pop y el tango, este último despojado de las exquisitas orquestaciones que casi lo ubican entre la Música Culta. Estos géneros están trabajados con la lógica del hit: canciones pegadizas por puro efectismo de superficie, sin valor artístico. Lo trash avanza más allá del kitch, pero con una misma intención: desasirse del buen gusto de la Obra de Arte, por sobreadaptación cínica a las inclinaciones irreflexivas de un público aturdido por el bullicio mediático, que se regodea en su propia vulgaridad.

Sol Fantín