Café con laucha (en lo de Gustavo)

—¿Qué vas a tomar, hermanito?

—Café con leche.

—Café con laucha —dice Gustavo.

—Este flaco me hace acordar al flaco Spinetta.

—Ojalá.

—Servite lo que quieras, hermanito. Manteca, queso, mermelada, miel, picadillo, criollos, facturas, galletas.

—Gracias. ¿Puedo?

—Agarrá, agarrá.

—Perdón.

—Perdón, flaco. Mirá si te lastimo los dedos no vas a poder tocar la guitarra. Che, Gustavo, ¿no te hace acordar al flaco Spinetta este?

—Tiene un aire.

—Ojalá tocara tan bien la guitarra.

— ¡Ah, pero, toca, dijo!

—Dijo, dijo. Hola, Renato.

—Che, ¿ahí vas a estacionar el taxi, gordo culiado?

—Haceme una chocolatada, pá.

—Después se quejan cuando viene el inspector.

Renato chasquea la lengua.

Los titulares de La Voz: “A la deriva. Tercer día sin transporte público. La prepotencia gremial como única autoridad”.

—Este está chocho porque está juntando plata a lo loco. No quiere que haya más colectivos. Este ve plata y se pone contento, se pone.

Renato chasquea la lengua otra vez y dice:

—La gente se queda sin plata.

—No va más esto, culiado. Son todos unos chantas.

—Tienen que intervenir.

—Ya está intervenida la UTA.

—Bueno, pero la de Córdoba.

—Está intervenida te digo. No les importa nada.

—Que la intervengan de vuelta.

—Después nos quejamos.

—Qué te digo yo.

—Gustavo, pasame un vaso de soda.

—Entrale con ganas, Renato.

—¿Vos que opinás, flaco?

—Opino que hace tres días que estoy a pata.

—Hace bien a la salud —dice Renato.

—Por eso hacen paro —digo yo—. Quieren hacerles bien a los cordobeses.

—Ha de ser, flaco.

—Eso sí, los de la Municipalidad son unos pelotudos. Yo lo voté a Mestre, pero qué pelotudo que es, mamita. No puede poner ni un poco de autoridad.

—Tiene que hacerlos echar a todos esos culiados.

—Hay que resolver. No va más así. Yo manejé 23 años transporte escolar. Renegábamos con los padres que no te das una idea. Yo tenía la combi y ni un puto espacio enfrente del colegio para estacionar. Y los de la Muni son tan pelotudos que pusieron un cartel que decía “Ascenso y descenso de niños”. Entonces vos te acercabas a decirle algo a un padre y te señalaba el cartel y te decía: “yo vine a dejar a mi hijo, ya me voy”. ¿Y qué le vas a decir? Te tapó la boca. ¿Sabés qué hice yo? ¿Sabés qué hice yo? Fui a la directora, fui y le dije: “Mire, el cartel dice tal y tal cosa. Qué le parece si lo cambiamos”. ¿Sabés qué me dijo?

—Qué te dijo.

—“Yo no vi nada”, dice. Liiiisto. Fui una noche y saqué el cartel, y puse uno que decía: “exclusivo ómnibus escolar” o algo así. Podés creer que desde ese día ni uno más me rompió las bolas. Perdón por todo el discurso pero me calenté, loco.

—Así hay que resolver. Nosotros también somos unos pelotudos que nos la comemos doblada.

—¿Vas a la facu, flaco? —dice Gustavo.

—No, al centro a hacer unos trámites.

—¿A qué parte vas?

—Para el lado de la terminal.

—Vamos, yo te acerco —dice Renato—, pero dejame terminar la chocolatada.

ScQ #9: “HAND IN MY POCKET”

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De nuevo estoy de vuelta, dice mi zamba favorita. No voy a poner excusas: colgué con el blog, pero siempre podría ser peor. ¿Se acuerdan de la noticia del yanki que salió de vacaciones, desapareció 12 años y lo encontraron dando clases de inglés en Corea del Norte? “Colgó en avisar”, bromeaba uno de mis amigos cuando postié la noticia en Facebook, y con esa anécdota me doy inmediatamente por perdonado.

Sigo en Colombia, una semana más al menos, y sigue siendo un país fascinante aunque ya no escriba tanto sobre él. Varias veces pensé: ¿por qué es que ya no me dan ganas de escribir? Lejos quedaron esos días en los que sonaba la campana de la iglesia del pueblo y Patricio al toque se inspiraba y se ponía a escribir. Ni hablar cuando la vida me llevaba a lugares tan fascinantes como Minca o una cancha de tejo. Colombia es un lugar increíble, y si uno se cautiva viendo folletos turísticos, imaginate lo mágico que se siente desayunar un tamal con chocolate.

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Entonces, descarté la posibilidad de que Colombia me hubiera aburrido. Cuatro meses acá, y siempre hay algo que me sorprende. Como dice Hebe Uhart, se trata de mirar bien, tener los ojos bien abiertos (es graciosa la vieja, dice eso cuando achina los ojos suavemente fumando su cigarrillo fino y riendo con una ternura casi sarcástica). Si Colombia no es aburrida, el aburrido debo ser yo.

No hace falta que te diga lo fácil que es caer en una rutina. Después de estar cuatro meses en un solo lugar, es muy sencillo darse por satisfecho: decir “hasta acá llegué”, “no me falta conocer más”, “te juro que ya no me sorprende más nada”. Uno se deja llevar por esa corriente boba llena de pescado podrido que es la rutina. Levantarse, hacer cosas, scrollear Twitter, acostarse, repetir. Así pueden pasar dos semanas y uno no se da ni cuenta. O un mes. O tres meses. Y es una bola de nieve un poco torpe, que se lleva los mejores árboles por delante: cuando te das cuenta, ese cuelguecito que tuviste aquél jueves en el que no se te dio la gana de subir una entrada, se volvió en un cuelguezón de doce semanas en los que, sencillamente, no se te cayó una puta idea.

Y todo por la rutina. Bostezo mientras escribo esto. Estuve trabajando, sí, lo que en el plano creativo equivale a estar rascándose los huevos. Cuando uno trabaja, como el burrito al que le tapan los ojos, no mira alrededor. Ni con la mirada de Uhart, ni con ninguna mirada. Ahí es cuando se vuelve costumbre desayunar café con empanada y uno se olvida que está en uno de los lugares más lindos del mundo.

(Cada tanto pienso en los guardaparques del Iguazú. ¿Estarán podridos de ver el agua cayendo todos los días, y soñarán en secreto con el desierto de Atacama?)

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Ahora bien. Si pasaron doce semanas en las que no postié nada, ¿cuál fue el momento exacto en el que pensé que vale la pena volver a escribir acá?

Resulta que hoy temprano fuimos a los termales de Tabio. Los termales son un parque con (¡oh, sorpresa!) dos piscinas de agua caliente en las afueras del pueblo, camino por el foro municipal. Es uno de los primeros lugares que conocí en Tabio, cuando fuimos con Joaquín por la carretera, él en skate y yo en bici. Nos acercamos a la puerta y él me comentó que va a nadar a los termales todos los miércoles a la mañana, pero no entramos esa vez. ¿Por qué los miércoles? Pues, porque a la pileta la limpian los martes; vale decir, vas un sábado a la tarde y no sólo que la encontrás llena de gente, sino que el agua es verde, el piso es resbaloso y… bueno, ya no quise saber más.

De eso hacen cuatro meses, y hoy por primera vez entré a los termales de Tabio. Es un parque modesto pero bonito, muy bien cuidado. No es, en realidad, como los complejos termales de Colón o Río Hondo. Para ser Colón, le faltan algunos toboganes de agua y pendejos insoportables corriendo alrededor con helados de agua en la mano; para ser Río Hondo, le falta su buena cuota de jubilados. Es más un natatorio municipal, de esos como el de Córdoba, ese que hasta donde yo sé está cerrado con llave desde que lo inauguraron.

Pero este es tan coqueto que hasta tiene jacuzzi. Y puesto que era jueves a la mañana (es decir: sol ideal, casi nada de gente, azulejos apenas un poco babosos), no hubo cola para el jacuzzi. Es más, tuve que pedir que lo encendieran para meterme. Esa pileta está a una temperatura de 35 grados, y salen chorrazos de agua burbujeantes que sin esfuerzo te mantienen haciendo la plancha. Fue una experiencia genial. El cartel dice que se puede permanecer en la pileta caliente sólo 15 minutos por una cuestión de presión arterial, pero me hice el dolobu mientras el salvavidas dormía cubriéndose los ojos con un ancho sombrero de paja.

Cuando salimos de termales empezó a llover. Cosa nada extraña en la sabana en marzo: en Tabio me pasó de colgar la ropa porque hacía un sol abrasador a las nueve de la mañana, y a las nueve y media llegar al trabajo justo antes de que se desbarate el cielo con una granizada tenaz. Del clima sí que no me sorprende más nada. El aguacero de hoy fue de esos potentes pero intermitentes, como indecisos. Nosotros, colorados por un sol infernal, tuvimos que caminar de vuelta bajo un paraguas que apenas daba abasto.

El tipo que cuida el estacionamiento era un viejo en silla de ruedas que nos saludó cuando salimos, y estaba acompañado por dos niños en la cabina. También estaba como en actitud de recoger sus cosas. Nosotros íbamos mirando las flores del camino y los árboles con código de barras (no es joda, les ponen código de barras, vaya uno a saber por qué), y casi no nos dimos cuenta cuando los niños pasaron empujando la silla del viejo. Cuando se largó la lluvia, los niños empezaron a correr. Nos pasaron al toque. Nosotros tres, que íbamos cansados después de una mañana de natación (bueh, un poco de natación y bastante de hidromasaje) vimos cómo se alejaban en el horizonte los tres, riéndose a carcajadas: los niños y el viejo en silla de ruedas, que disfrutaba tanto como ellos salir disparados bajo la lluvia sobre el camino asfaltado.

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Achinar los ojos como Uhart, y ver mejor. De eso se trata. Ahora que estoy por volver a la Argentina en una semana, país en el que me enamoré, me divertí, me aburrí y me frustré en proporciones iguales, más que nunca tengo que recordar esta única premisa (para la que viajé seis mil kilómetros y pico): lo sublime puede estar a la vuelta de la esquina.

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A falta de una foto que ilustre realmente esta entrada, una foto que me sacó Helena en Santa Marta con… ¡un jugo de sandía!

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I’m young and I’m underpaid
I’m tired but I’m working, yeah
I care but I’m restless…

 

ScQ #8: “DERECHO EN Mp3”

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Enfrente del supermercado de la 85 hay unos bancos de madera, como si te sentaras a ver un monumento. Toda la vereda es el techo de un enorme estacionamiento de tres niveles, y hay unas rejas puestas en el piso a través de las que, si te parás encima, podés ver un abismo gris de paredes de cemento y autos estacionados bajo tus pies.

El consumo dicta las reglas del espacio urbano. Tanto en estos barrios ostentosos donde todo brilla y está pulido, como en las anchas avenidas llenas de puestos de verduras y frutas, con sus caras, olores y colores que una mina de la Universidad de San Andrés denominó, simplemente, “barroco latinoamericano”. Señoras mayores con nietos en brazos atendiendo puestos frente a los que pasan mancos que cargan al hombro cestas de pan casero. Por allá hay un policía en cada esquina.

Acá, parece que no hacen falta tantos. Los bares son como catedrales, los eslóganes son como proverbios, y todo tiene un look como sagrado. La gente camina tranquila: señoras que pasean perros salchicha, jóvenes que llevan un smartphone blanco en la mano, y tipos de traje al cuerpo color azul y zapatos lustrados. Ninguno tiene apuro. Es lunes a las siete de la tarde y es como si cada uno estuviera saliendo de su casa.

Helena y yo nos sentamos a fumar. A nuestro lado hay un tipo joven, de traje, con auriculares puestos, tomando una cerveza Heineken y mirando a la nada.
En eso llega un viejo. Nos ofrece un pequeño discurso: dice que es del Perú, le han robado los documentos, se pasó el día en Migraciones y está esperando una respuesta de su país de origen. Yo le creo. Tiene acento. Y si no es peruano, se armó la historia y el personaje. El tipo es amable y humilde, y saluda como saludan todos acá, con pena por molestar, pero va a los bifes inmediatamente: se nota su apuro. Cuando le damos las monedas, casi como contrato tácito, el tipo sin decir gracias mira al costado. Se acercan dos policías.

El yuppie con la Heineken había desaparecido. Los canas se han puesto a increpar a un pequeño grupito de skaters con algunas latas de cerveza.
El viejo nos cuenta que hoy se aprobó el nuevo Código de Policía y, entre otras cosas, queda prohibido tomar en la calle. El código es de aplicación inmediata. Giro la cabeza para el otro lado: allá va el yuppie a paso rápido, con la lata verde en la mano. El peruano se despide diciendo que espera poder juntar algo para no tener que dormir afuera, agradece de corazón y hace mutis por el costado.

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Hay tanta gente vendiendo este nuevo Código por las calles de Bogotá que uno casi piensa que el Presidente lo aprobó para ayudar a los pulgueros. Se venden a grito pelado, como nos enseñaron que se vendían mazamorras en la Revolución. El ideal es más o menos el mismo y está escrito sobre piedra en la pared del Palacio Presidencial: “las leyes os darán la libertad”, dice Santander, el prócer cabezón con bigote de peluquero que apreciamos en el billete de dos mil pesos.

Me paro en uno de los mapas de la Plaza Bolívar para chusmear qué hay de lindo. Unos pasos más allá hay un guía turístico con un grupo tan grande de gringos que él tiene que hablar por micrófono con un inglés de OpenEnglish. Yo busco dónde está el “you are here” y veo qué hay en los alrededores aparte de fuentes e iglesias. Dos cuadras más abajo brilla la gran promesa: “Centro Cultural del Libro”.

El camino al Centro Cultural es bastante parecido a esa peatonal de Córdoba en la que los libreros salen a asaltarte con las armas de la cultura. Aunque esa cultura no es la misma que aprendemos en la Facultad de Filosofía: los manes, sonrientes vendedores de tez curtida por el sol de la sabana, te ofrecen DVDs de El Transportador 3, ediciones dudosas del Principito, revistas de crochet y manuales de legislación aduanera. Me quedo mirando un stand que dice que tiene toda la suite de Adobe 2017. El man me ve interesado y me alcanza tres DVDs en sobre. Dice que tres por dos. Y añade: “originales”.

Pero lo que más me gustaron son los audiolibros. Hay de todo lo que uno piense. Creo que, si me descuido, un colombiano ya grabó las siete entradas de este blog y está esperando ansioso para currar con esta octava. Es una verdadera discoteca de Babel. Horas y horas de garganta dedicadas a hacer más ameno el consumo de volúmenes gordos, ideales para reemplazar el esfuerzo de voltear una página cada treinta segundos por el sacrificio de calzarse los auriculares una sola vez.

El camino al Centro Cultural del Libro fue una experiencia tan intensa y tan colorida que casi no me di cuenta cuando llegué a la puerta. Consistía en un sobrio edificio de dos pisos parecido a un estudio jurídico. En los anaqueles de la entrada relucían libros de autoayuda. La mitad de los locales estaba cerrado, y la otra mitad de los locales estaba atendido por señores canosos que comían arroz con pollo a la plancha o dormitaban tranquilamente sobre el Libro del Buen Amor.

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Una pared cualquiera, llegando a la carrera Octava.

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A veces pienso: ¿será que me estoy volviendo rolo?

Síntomas: ya no espero que me saluden en la taquilla del Transmilenio. A veces digo “me regala” en vez de “me vendés”. Ya sé diferenciar entre calles y carreras y cómo cualquiera de las dos puede también ser una avenida. Ya no siento la compulsiva necesidad de sacarme una foto en la Plaza de los Periodistas. Todavía no comí un sándwich de queso de cabeza, pero creo que la mayoría de los bogotanos tampoco lo haría.

Entonces canchereo un poquito. Paso la tarjeta por el molinete y empujo sin mirar con actitud de superado. Y pienso de vuelta: “che, cada vez más bogotano”.

Hasta que el tipo delante mío tira el coso para atrás y pasa sin sacar la tarjeta de su bolsillo. Hay tres policías de espaldas: los tres tienen con rifles de calibre grueso y uno mira su celular. Un timing perfecto y dos mil pesos de premio. Se sube a un bus que sobre el parabrisas exhibe la leyenda: “#NoMásColadosEnTM”.

A mí todavía me falta un cachito.

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¿Se acuerdan que había puesto por acá que en Colombia a las sandías les dicen patillas? Me enteré por todas las veces que, al mostrar el tatuaje que me hice en Bogotá, la gente decía: “¡qué hermosa patilla!”.

La historia de la sandía con queso pertenece a los anales de la historia. Cuando me contaron que eso se comía, no lo creí. Poco después leí en un cuento de Benedetti que los porteños comen jamón con melón. Capaz lo hacen porque en Europa lo hacen, y cuando nos invadan los chinos va a estar de moda comer alacrán frito. No sé. Cuestión que revolviendo la Internet terminé encontrando una foto de Cumbio comiendo sandía con queso, y me pareció que había llegado a un punto insuperable en mi vida.

Las referencias a la sandía con queso, parece, nunca venían de ambientes cultos. Hasta que Helena me pasó una entrevista a Juan Gossaín, quien fuera (cito) “el periodista más famoso de Colombia” y que “en una época se alimentó exclusivamente de patilla con queso blanco”. A continuación, la nota consiste en una desordenada enumeración de datos extravagantes: el señor Gossaín no usa calzoncillos, el señor Gossaín ha resuelto cinco mil crucigramas, el señor Gossaín es incapaz de matar a una hormiga.

Todavía no sé quién es usted, señor Gossaín, pero lo admiro profundamente. Me parece bien, entonces, poner acá el único vallenato que dice que le llega al alma (y que a veces cantamos con Alonso cuando nos emborrachamos).

ScQ #7: “KOGUIS ON THE SHORE”

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Palomino es uno de esos destinos colombianos bendecidos por la mismísima Pachamama: hace seis años era un desierto en el que se desplegaban balaceras entre guerrilleros y paracos, según me dijo un viejo paisa de por ahí.

Hoy es un pueblo con una sola calle asfaltada en donde pululan art hostels, palo santo, artesanías en tela y chicas morenas de gesto combativo con tatuajes en los muslos. Es como vacacionar en la Facultad de Filosofía, con todo lo desestimulante que es ver que las modas son iguales en todo el continente.

Pero eso no opaca su belleza natural. Al pie de la sierra, el pueblo de Palomino es el encuentro de un río del mismo nombre con el mar Caribe. La carretera queda saludablemente lejos de la orilla, para la que hay que caminar más o menos un kilómetro: una pequeña costa de arena anuncia un mar que suele ser muy bravo. Cuando cae la noche, lo rajan a uno los mosquitos o los guardacostas: a esa hora, los hippies empiezan a prender sus fogatas y en el aire se respira un ambiente parecido al Woodstock del ’69, cuando no al último corte difusión de Cultura Profética.

Una vez al año, en Palomino, se organiza el Festival Jaguar. Con la iniciativa de ser un festival con responsabilidad social que promueve la cultura y el desarrollo sostenible, agrupa en sus puertas tres días al año a vendedores de arepas y europeos pasados de ketamina. A lo largo de tres ediciones han pasado grupos y DJ’s de toda índole, desde Edson Velandia a (mi nuevo ídolo) Charles King, provenientes de todas partes de Latinuamérica a sonar por unos speakers inmensos que retumban literalmente en todo el pueblo. En Palomino no hay opción: o sos joven, desenfrenado y divertido, o tenés que meter la cabeza bien hondo en la arena. What you see is what you get.

Cuestión que, con Alonso, quisimos llevarnos una experiencia entrañable de nuestro paseo a la costa, y tuvimos la gran idea de hacer tubing. El tubing consiste en un mecanismo infantil e infalible: arrojarse del río Palomino a bordo de unos flotantes inmensos hasta llegar a la desembocadura con el mar.

El paseo es atractivo desde que empieza: unos locales te llevan en moto bien alto a la montaña y te dicen en su comprensible costeño que tenés que doblar a la izquierda o a la derecha en algún momento x. Y allá vas, caminando por un escarpado sendero en ojotas y cargando una dona gigante de metro y medio de espesor.

Cuando llevábamos una hora y media de caminata sin ver otro ser humano, empezamos a pensar que quizás nos habíamos pasado. Miramos alrededor: estábamos inmersos en la pura jungla, no escuchábamos una sola voz, timbraban a nuestro alrededor grillos y pájaros y, debajo de nuestros pies serpenteaban hormigueros. El río iba y venía al costado del camino pero nosotros jamás encontramos dónde bajarnos: cada tanto se lo oía aullar, como un presagio del “¿ya llegamos?”.

En cierto momento pasamos al lado de tres casas kogui. Los koguis son un pueblo precolombino que habita en la ladera norte de la Sierra Nevada de Santa Marta. Son conocidos por sus hermosas mochilas tejidas que son la debilidad de cualquier latinoamericanista que se precie, pero si uno los encuentra en el patio de su propia casa (unas cabañas con techo de paja redondo, siempre sembradas a un lado y con pequeños animales como perros y gallinas) te miran con una expresión absolutamente vacía de interés, sin decirte nada.

Pensamos que todo eso era parte del paseo, pero no vimos a nadie más. En cierto momento, cuando ya nos dimos enteramente por perdidos, encontramos el río. Atravesando la espesura de una jungla verde, dimos con la costa: la correntada era tal y las piedras eran tan grandes que no sabíamos si nuestro flotante iría a aguantar, si quedaríamos a pata en el primer rápido y tendríamos que nadar mariposa hasta encontrar el gran océano quién sabe cuántos kilómetros más adelante.

Pero fuimos. Chapoteando apenas en el agua helada, anduvimos por el río pasando largos períodos de silencio en el que no se veía nada más que montañas, árboles y piedras, montañas, árboles y piedras. Eran las cuatro de la tarde. Cada tanto, aparecía otro kogui en la orilla: una joven embarazada, sin pudor alguno —realmente, era como si nosotros no existiéramos: dos pollos flacos y mal bronceados extendidos sobre un flotante negro y torpe era un espectáculo que no les interesaba—, se bañaba en la orilla con sus vergüenzas al aire, como diría Colón.

Ya cuando eran las siete de la tarde y había anochecido por completo, y nosotros todavía no habíamos llegado al mar —en realidad, no habíamos visto dejo alguno de civilización occidental en todo el trayecto—, nos preocupamos un poquito. No es lo mismo un ameno paseo por un río tranquilo que estar perdido en la selva a la luz de la luna.

Teníamos la vaga certeza (más de manual de geografía que de propia experiencia) de que los ríos terminan siempre en el mar. Cuando no veíamos nada, seguíamos remando. Si veíamos algo blanco, seguramente era una piedra o una playa. Si nos internábamos mucho en lo negro, la corriente nos llevaba a la orilla, densamente arbolada en la que no sabías, con toda honestidad, qué podía estar agazapado ahí.

Llegamos al mar a las ocho y media de la noche. La primera figura humana que nos habló en todo el camino era un viejo negro, que estaba sentado en una mesa cenando a la luz de una vela. Dispuestos en la orilla estaban todos los flotantes de los turistas que habían hecho el mismo recorrido que nosotros durante el día, y ahora seguramente estaban cómodos en una hamaca en el hostel. Nosotros, cuatro horas después de navegar constantemente, nos sentíamos una especie de Robinson Crusoe iluminados por la Madre Naturaleza en su cósmica lección de humildad.

— ¿Son los últimos? —preguntó el viejo, como diciendo: “¿no hay más boludos como ustedes?”

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Sí, sueño hace rato con hacer surf. No es fácil estar en un paraíso tropical y no pensar en qué haría uno si pudiera domar las olas. Hice surf una sola vez en mi vida, y lo que puedo decir es que toca ir muy para adentro del mar y nadar muy fuerte. Realmente, no es para cualquiera. Pensaría que no es para mí, pero no logro convencerme: quiero subirme a una tabla cuanto antes.

Mientras tanto, me conformo escuchando música alusiva. Ya pasé por los Tormentos, que vi en vivo el año pasado o el otro y me volaron la cabeza; pasé por los Frenéticos, la mejor banda de surf que salió jamás de una ciudad a mil kilómetros de cualquier océano. Y mi última gran obsesión son Las Piñas.

Es como Best Coast pero en Argentina. Inmejorable. Vean la foto de arriba, escuchen la canción, sueñen un rato, total…

ScQ #6: “NOS EMBROMARON, PANA”

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Apa, llueve. Y los colifas de la carrera 14 se están gritando entre ellos. “Yo te lo dije, no te voy a repetir ná”.

A lo lejitos suena una trompeta desafinada, como anunciando una carrera de galgos flacos. Yo estoy acá escuchando Mano Negra: “a mi ñero llevan pa’l monte, a mi ñero llevan pa’l monte”.

Sé que empezó a llover porque entra una brisa húmeda. El mar está acá a dos cuadras, pero no es del mar. Es agua dulce que cae de los cielos. El mar pica y la lluvia pasa desapercibida.

Dicen que estamos en la ciudad más antigua de Latinoamérica, pero en realidad es la tercera que ha sido habitada en forma permanente. (Las otras dos son: una de Venezuela, y la otra Panamá, a la que no fui pero me suena demasiado a shopping malls y free shops – antiquísima como el ingenio para los negocios).

Bueno, esta ciudad se llama Santa Marta. Y aunque no sea lo que promete ser, es algo mucho mejor: callejones coloridos, estrechos y empedrados con vistosos balcones repletos de bunganvilles. Hoy vi un estacionamiento adornado con un arco griego de piedra, verdadero y no imitación, sobre el cual se leía “Parqueadero”. No necesité ver más para decir en voz alta: “esta es la ciudad más linda que vi en mi vida. Bah, si no es la más linda, definitivamente está en el top cinco”. Los argentinos somos egocéntricos y creemos recordar una ciudad más linda que Santa Marta en el cono sur, más no sea Gualeguaychú o alguna loma colorada en las afueras de Oberá.

Santa Marta es bien distinta: los gringos vienen acá queriendo descubrir el espíritu de Latinuamérica, y van a los restaurantes que tienen carta bilingüe. Uno sube tres calles más y allí están los carritos de comidas. A la orden: jugo de corozo, buñuelos, chocolos con queso, pinchos de carne y pollo, pizzas hawaianas de 12 porciones y mojarras fritas, todo hecho ante sus ojos en la vía pública por talentosos chefs que el decoro no se anima a nombrar artesanos.

Esta semana en Argentina se celebró la fiesta de San Baltasar y a mí me sigue intrigando el carisma de los negros que, con los dientes amplios en su misteriosa sonrisa brillantina, te señalan que dos semáforos más allá vas a encontrar un lugar donde poder conseguir una habitación barata.

¿Qué es América? No sé. ¿Qué no es? Casi nada.

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Conocido por sus propiedades afrodisíacas.

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En esta semana que pasó conocimos a varios venezolanos que trabajan en la calle de Santa Marta.

Yo no los noto. Paramos y preguntamos una dirección, o les pedimos que nos sirvan dos empanadas. Siempre es Helena quien pregunta de dónde son, y a mí me sorprende cada vez que dicen: “Venezuela”.

Uno ve franceses, alemanes, brasileños, muchísimos argentinos en este lado del Caribe, pero no ve ningún venezolano de turista. Ellos están, claro. Estamos a menos de 300 kilómetros de la frontera con Venezuela. Pero se dedican, modestamente, a su labor: son promotores de boliches y restaurantes, vendedores de comida rápida y serviciales despachadores de lentes de imitación.

Ayer estuvimos hablando con uno en la playa. Él vendía empanadas de pollo. Las fabrica su esposa, y él sale a venderlas a la mañana y a la tarde. Por semana, junta 300.000 pesos colombianos, cosa de 100 dólares, unos 1600 pesos argentos. Eso en Venezuela es impensable.

Nos reveló las cifras de su contabilidad personal: el sueldo mínimo semanal es de 10.000 bolívares, y un paquete de harina cuesta 5.000. Por semana, ellos pueden comprar un paquete de harina y un paquete de arroz. Le pregunto cómo están los supermercados allá, por hacerme repetir una postal que ya tengo incorporada a la imaginación. “Vacíos, por supuesto”, dice.

Otro venezolano que conocimos la semana pasada nos lo dijo tajantemente:

“Nos embromaron con lo del socialismo, pana.”

Nosotros guardamos silencio.

“No sé si ustedes creen en eso, pero a nosotros nos embromaron.”

Él estaba solo en Santa Marta y trabajaba para mandar dinero a sus dos hijas, que vivían con su abuela en un pueblo cerca de Macaraibo. Se lo veía bañado en una felicidad contagiosa. “Teníamos todo”, dicen los venezolanos cada vez que les preguntás por el pasado, bastante antes de Maduro. Te lo dicen con una sonrisa del que no se ha dejado doblar por la adversidad y encontró otra forma de hacer las cosas.

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El mar está bravo y sorprendentemente sucio. Hay bolsas de plástico que vuelan como aves exóticas y bolsas de arpillera (gordas y coloradas) que flotan para la costa como salmones con sobrepeso. De a ratos, una nena morenita las levanta sonriente y las apila en la arena para que alguien se las lleve. En las tres horas que estuvimos en la playa, la pila seguía ahí. Sólo pasó un señor a levantarnos las latas de cerveza. Las metía en una bolsa llena de latas que después iba a cambiar por dinero. La iniciativa ambientalista movida por el propio beneficio. La altruista será mejor, pero acá no se ve mucho.

A pesar de que no nos queda casi plata, le compramos a un joven afro unas pulseras y unos llaveros de caracol, como para decir que llevamos regalos. Él nos dice en su costeño sin consonantes que estamos en mar de leva.

Ajá, digo yo. Qué será mar de leva.

Básicamente es un suceso del infierno en el que confluyen causas como la luna llena, la brisa, el perigeo, las corrientes oceánicas, las perturbaciones ciclónicas, los flatos poseidónicos y quién sabe qué otras cosas. Cuestión que es una teoría satisfactoria: en plena costa vemos romper olas de metro y medio que se llevan por delante a contingentes de jubilados en slip.

El joven afro añade que hay “mucha brisa”. La brisa en cuestión es un viento horizontal de 60 kilómetros por hora que te llena de arena del jopo a las ojotas. Nunca vi una ciudad tan llena de gente que persiguiera sombreros.

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Bueno, una última postal para no cansar.

Un par de días antes estuvimos en un lugar muy parecido al paraíso. El lugar se llama Minca y tiene (según los últimos reportes fieles, pero quién sabe) una población de 600 habitantes.

Lo que sí es cierto: el pueblo son básicamente dos calles que se cruzan. En esas dos calles está todo lo importante: la policía, un cajero y cuatro bares con billar.

Es un pequeño pueblo cafetero rodeado de montañas, en lo que se llama “zona de transición”: como queda a más de mil metros sobre el nivel del mar, allá hace lo que se dice “frío”. Lo cual es sorprendente porque, a media hora de viaje, tenés Santa Marta, su calor abrasador, su humedad marina, sus bíceps y escotes al sol.

El pueblo es el destino ñoño más encantador en el que estuve en mi vida. Es un polo de avistamiento de pájaros: 365 especies, entre migratorias y endémicas, se pueden ver en Minca y sus alrededores.

Nosotros nos quedamos en la finca de Kike, un generoso francés de ojos claros y pocas palabras, con suma sensibilidad para los animales y un dialecto colombiano por el que sólo a veces se asomaba un dejo mediterráneo. La razón es que él ha vivido casi la mitad de su vida por América Latina, desde la Domicana hasta Argentina (ojo acá), donde lo cagaron con la sucesión de un automotor y tuvo que permanecer dos años y medio viviendo con los hippies en Capilla del Monte.

No voy a abundar en exuberantes descripciones del paisaje de la finca. Me acuerdo que salí a la terraza y pensé: “esto es tan cliché que no se lo puedo contar a nadie”. Ahí, en un mismo momento, había todo. Y con todo, quiero decir todo: un arcoiris, el sol al oeste, la lluvia al este, un arroyo, flora desopilante, pájaros que cantaban, cafetales hasta donde se alcanzaba a ver, montañas altísimas de picos redondos, y a lo lejos, como una coronación casi innecesaria, una pequeña bahía protegida en la que brillaba el mar azul.

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Kike tuvo la idea de ir a ver una banda genial el sábado a la noche.

Imagínense champeta (ritmo caribeño) y System of a Down… en la misma canción.

ScQ #5: “BOGOTÁ MON AMOUR”

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Caminando por la carrera Séptima bajo una lluvia invernal uno casi se siente en Nueva York si no hubiera cosas que aparecen cada tanto, inconfundiblemente latinoamericanas.

Una venezolana atiende un puesto de arepas frente al Casino Caribe, sobre la calle convertida por asalto en peatonal gracias a grupitos de personas como nosotros que se mueven bajo paraguas azules, grises, bordó y transparentes. Su negocio es un modesto carrito gris con una sombrilla y una parrilla de carbón sobre la que están dispuestas tres sartenes y tres arepas tostadas, curtidas por el calor, crocantes hasta para verlas y con un aroma angelical de maíz y casco urbano.

Yo tengo un hambre tan berraca que arrastro a Alonso y Helena hasta el carrito que anuncia una variedad increíble de arepas con queso, con carne de res, con pollo desmenuzado, con pernil, con tocineta y con salsa criolla.

—Buenas —le digo—. ¿A cuánto tenés las arepas con carne?

—Ay, qué pena —dice la chica—. Me olvidé el letrero.

Saca un cartel debajo de la parrilla que dice simplemente: “ricas arepas con huevos pericos a $2000”. Yo pienso, divertidísimo, en ese cuento de los cronopios que termina diciendo: “este cartel anula todos los anteriores”.

Comemos las arepas marchando por la séptima bajo la lluvia. Esquivamos piedras, charcos, paraguas y vendedores ambulantes con parlantes bajo el mostrador; a los lados relucen cineclubes, locales de fried chicken o jugos naturales y de libros usados tras el brillo perlado y estridente de la decoración navideña, que acá es exagerada en todos lados. Yo me dedicaba a escuchar las conversaciones de los que pasaban:

¡Los manes son tan maricas, parce!

O

Tons le digo que está bien chévere”

O

“¿No escucha que estoy corriendo?”

Pasamos frente a una galería larguísima en la que relucen baratijas de toda clase que van desde mochilas a relojes a tenis o discos de champeta o bachata y dinosaurios de plástico. Les comento a los chicos que en Argentina a los mercados así los llamamos paraguayos.

—Paseyvea’eñor’eñorasincompromisoquiandabuscando’ñora —ilustro.

—Acá son pulgueros o todo a mil—dice Helena. Mil equivale a treinta centavos de dólar, es decir unos seis pesos. En todo esto hay un extraño eco del menemato, de mi vieja comprando espátulas de colores porque sí, de containers atravesando el Pacífico cargados de las chucherías más alucinantes. Y eso que estoy tan lejos. Pienso que si, al fin, somos una roca flotando en el espacio, en algún lado debe haber una etiqueta bien grande que dice “Made in China”, que sólo puede ser vista desde un transbordador americano.

Yo dormito mientras Helena scrollea su celular, en el asiento 22 del bus intermunicipal que nos lleva de vuelta a Tabio. La cabina está semi a oscuras, menos por una decisión del conductor que porque algunos focos no funcionan. Para mí viene joya porque, sumado a mi cansancio, la suave oscilación del bus que se come baches a 70 kilómetros por hora ha terminado por revolverme un poco las tripas.

El inicio de su Facebook está lleno de conocidas tetonas e idealistas que cocinan la revolución desde su casa. No importa en qué parte del mundo estés, Alepo es una indignación que dura diez segundos y desaparece con el barrido del índice que lleva la marca de la tecnoabulia, la insipidez y el aburrimiento.

Helena bloquea su celular con un gesto adusto.

—Facebook es un gran pulguero —dice—. Es como la Séptima en Navidad.

Lo que ella dice me hace pensar en una jauría de dinosaurios de colores y espátulas y cómo nosotros soñamos con una fama que es nada más que mera baratija.

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La subida a la capilla de Santa Bárbara es corta pero empinada. Antes de llegar, sobre mano izquierda, hay un rancho con una caballeriza expuesta, una plaza con una pequeña fuente circular de piedra y algunos locales donde poder tomar tinto o aromática; a lo largo de la pendiente (serán unos doscientos metros) hay dispuestas a ambos lados pequeñas terrazas sobre las que uno se puede sentar y contemplar el paisaje de allá abajo.

Una de ellas es mi lugar favorito en todo Tabio, y se llama Terraza de la Providencia. Desde allí uno puede ver, en línea recta, la iglesia principal y la calle de los comercios adornada con banderines navideños de lado al lado; más allá de la frontera del pueblo hay praderas verdes tendidas como un manto en la ladera de un cordón montañoso sobre el que, al oeste, apenas un poco a la izquierda de donde está poniéndose el sol, se levanta imponente la peña de Juaica, lugar de encuentro de amantes del trekking y alienígenas casuales.

Son las cinco y media de la tarde del primero de enero y el caminito adoquinado que sube a la capilla está cada vez menos transitado por vecinos que suben o bajan, en bici o a pie.

Una pareja camina sin afán. Parecen uno de esos matrimonios recientes: jóvenes, sin hijos, él con una calva incipiente y ella con anteojos elegantes, de los que no necesitan hablar mucho gracias a un pacto honrado de confianza mutua, todavía más profundo en el primer domingo del año.

Ella hace un gesto de cansancio y, ahí sí, él pregunta:

—¿Estás bien, mi amor?

—Me duelen los pies.

—Mera Cenicienta— dice él, y le toma la mano mientras siguen bajando en dirección al pueblo.

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Lo que a mí me sorprendía del negro que subió al Transmilenio esa tarde de martes fueron sus zapatos de punta beige y cómo llevaba el ritmo en ellos. Cosa nada fácil, porque el bus se movía de lado a lado. Pero el tipo no perdía una sola corchea en su swing pédico, era una cosa digna de verse. Mantenía el equilibrio y resolvía cada movimiento con una destreza profesional, esa destreza digna de un carismático hombre afro que se gana la vida cantando en los colectivos.

Pero vos veías las rodillas y acompañaban el bamboleo. Vos veías las caderas y el tipo la sabía llevar. Enfundado en una camisa llamativa y unos jeans oscuros, de sus muñecas colgaban pulseras brillantes y de sus manos dos maracas con la bandera cubana, atadas entre sí por un hilo que rodeaba su cuello. El negro portaba una sonrisa eterna y cantaba como un frontman de los mejores, de esos que conquistan Norteamérica cantando en castellano para los gringos. Su orquesta consistía en un celular que sacaba del bolsillo para elegir las pistas, y un parlante portátil conectado por Bluetooth que las reproducía. De su cuello pendía un micrófono, puesto allí con un mecanismo parecido a las armónicas de Dylan y Gieco.

No cualquiera puede hacer sonreír a todos los que suben a un colectivo en la hora pico bogotana, un martes por la noche. Eso ya es un mérito: todos en la cabina sonreíamos. Los que nos quedamos hasta el final del show—que coincidió con el final del recorrido: el Portal del Norte—, aplaudimos efusivamente. Y quiero destacar que el último tema fue a pedido de un man que viajaba con la novia en uno de los asientos dobles, y que gritó a viva voz:

—¡Grupo Niche!

El negro se hizo como que no había escuchado, porque estaba cantando una salsa rosa muy metido dentro de su personaje. Pero cuando terminó la pista (ovación de rigor), miró al tipo como con un guiño cómplice y arrancó la última pista de esa noche, que más de uno acompañó con palmas disimuladas —se ve que la decencia y el buen gusto, acá y en Argentina, consiste un poquito también en la mesura y en la timidez.

Si hay algo que les sobra a los colombianos es música y buen humor. Al menos en los pueblos, hasta el más serio es capaz de lanzar un chiste ingenioso, de esos que pertenecen al folklore. Y en estas calles llenas de música (desde las papayeras de los pueblos a los mariachis de Chapinero), es imposible no contagiarse de una alegría de alto voltaje.

Grupo Niche, salsa caleña para todos ustedes:

ScQ #4: “NO PASE SIN SEGUIR”

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Mi irracional obsesión por el Transmilenio surgió hace dos años a partir de una nota que Carola Murúa escribió en El Ojo con Dientes en la que resaltaba, entre otras cosas, lo ventajoso que sería para la ciudad de Córdoba –un hervidero de vehículos de gran porte y pésimas decisiones edilicias—contar con un sistema así.

Si quieren saber qué es el Transmilenio, remito una y diez mil veces a la nota de Carola. Ella, que estuvo utilizándolo asiduamente durante un tiempo, puede dar fe del panorama completo. Yo, un pibe ingenuo que se subió una sola vez al Transmilenio, puedo agregar apenas una nota de color.

Cuestión que ese viernes nos subíamos con Lucho a un Transmilenio a eso de las diez de la mañana. Lo primero que le señalé era que la vibra en Bogotá era totalmente otra que la de los pueblos: la que nos cargó la tarjeta, tras la ventanilla bastante parecida a la de los subtes en Buenos Aires, ni me miró. Lo que sí (lo pude comprobar varias veces), siempre tienen la servil delicadeza de devolverte la tarjeta en la mano, en vez de arrojártela al fondo de la zanjita y buena suerte. Musitan un “gracias” o “a la orden” de colombiano rigor, que no se oxida pese a atender millares de pasajeros que cargan cara desencajada por sus propios mambos.

A Bogotá le dicen “la Nevera” porque hace frío y, además, Lucho añade que la gente acá es un toque ídem. Será porque es ciudad grande, sugiero yo. Él responde que en Medellín no es así. A los bogotanos no los quieren allá, pero éstos cada tanto alaban a sus vecinitos. Siempre destacan lo organizados y amables que son y más de uno se derrite cuando escucha el acento paisa.

La estación de Transmilenio está bastante concurrida, pero no es una locura incaminable. Me parece extraño, siendo día de semana a media mañana. El trole (es bastante parecido a un trole de los largos, con el acordeón en el medio) tarda diez minutos. Se me ocurre destacar acá que ninguno de los coches que tomamos durante el día tardó más de diez minutos. La estación está techada, vidriada a los costados y las puertas se abren automáticamente —la mayoría de las veces— cuando el bondi llega, o sea que la gente se aglutina bajo el cartelito de la línea que está por tomar. Cada estación de Transmilenio cuenta con tres o cuatro paradas de unas cuatro líneas cada una y custodiadas por dos canas uniformados con armas à la vue. Cuando llegó nuestro bondi, Lucho me hizo una seña y entró; una señora me dejó pasar y se metió inmediatamente.

Cuál será mi alegría cuando sube al bondi un vendedor ambulante de unos cañitos rellenos con dulce de leche. Yo me paro bien cerca para escuchar su speech, que me apasiona. El tipo es muy distinto a los vendedores de Córdoba: lleva camisa planchada, pantalón claro y zapatos bien lustrados. Es un chabón joven, de unos veintipico de años. Excelente postura y dicción, si quisiera agregarlo a su hoja de vida. Dice que no está por repartir el producto de mano en mano para no incomodar a los pasajeros, y también por cuestiones de higiene. Si de pronto quisieran alguno, le avisan a él y les sirve.

Vendió todos en ese viaje. Nosotros le compramos los dos últimos. Agradeció con suma diligencia y se paró al costado como un pasajero más. Pocos minutos después vi algo increíble: el chabón abría su mochila y sacaba de adentro un libro con tapa violeta. La portada rezaba: “Los Hábitos del Hombre Rico”.

Bogotá es una ciudad alucinante.

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Una foto movida vale un poco menos de mil palabras, pero ayuda

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Una de las frases que más me descolocó desde que llegué a Tabio es “siga, siga”. No sé si en toda Colombia dicen así. A grandes rasgos parece significar “pase”. Esto lo pude inferir gracias al chofer del colectivo que nos trajo de Bogotá:

—Siga, por favor, siga.

La gente recibía con cordialidad el petitorio que no tenía un dejo de orden estricta. Más tarde, cuando llegué a la casa, me dijeron:

—Siga, Patricio.

Es como si hubiera ya recorrido un larguísimo camino del que la puerta de la casa es apenas un hito donde paro a descansar los pies un minuto.

Pero eso no es todo. Cuando uno se está por sentar a comer, lo invitan también:

—Siga, por favor.

Como si uno hubiera deseado conscientemente hacer una pausa, cosa muy poco probable al ver la mesa llena de aguacate, arroz con cilantro, arepas y sopa de auyama.

Entonces uno asume el desafío, tan engorroso como inútil, de traducir los localismos de la lengua que angaú hablamos tan bien. Me doy cuenta de que hay ciertas cosas que son comunes —a veces me sorprende haber volado seis mil kilómetros y que las sillas, las mesas y las escaleras sigan casi iguales a como las conoce uno—, y otras distancias (léxicas, ponele) casi insalvables.

Me imagino al pobre Colón queriendo explicar a los Reyes qué es un tamal tolimense. Yo ni hago el intento porque él es un escritor consagrado y yo apenas un pichi que viaja.

Pero la brecha es apasionante. En el centro de Tabio hay un comercio con un cartel de una vaquita que dice:

“¡No pase sin seguir!”

— ¡Es que no nos damos cuenta! —dice Dianita, divertidísima.

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El man mira con una seriedad helada a un punto fijo, tira una cuerda con la mano izquierda y la campana tañe otra vez: ding grave. Voltea a verme, la misma seriedad helada. Yo cuento cinco segundos. Tira con la derecha y tañe otra vez: ding agudo. La respiración mortecina de la campana de la catedral inunda todo el parque. Él está parado en el hall de la iglesia, amplio espacio de suelo a cuadros que en días nublados como hoy está poblado por una frialdad y oscuridad solemnes.

-Alguien se dejó morir –dice Sandra.

-Con que ese es el sonido –digo yo.

Pienso en el libro de Hemingway y un cartel responde mi pregunta: Olga Lucía Borrego de Rodríguez ahora descansa en paz y la misa empieza a las dos de la tarde. Afuera hay un extraño coche funerario: un Renault 12 rojo una corona de flores en el techo con chapa de Bogotá. La iglesia está repleta. Un  tipo vestido como un empresario nos bordea fumando un cigarrillo, y mira el cartel como quien mira una bisagra o una cucaracha: es la clase de tipos que jamás vas a ver en una iglesia.

Acá se escuchan campanas a toda hora. Hay tañidos suaves cuando baja el sol y enérgicos golpes con la misa central. Sin embargo, el tañido funerario es por lejos el más oscuro. El arte sale de las muñecas de ese tipo que tira de dos cuerdas, una con su mano derecha y una con su mano izquierda, siempre una mirada helada —acompañando el luto o hastiado de su oficio—, que dobla las campanas por alguien para que todo el pueblo se entere de que se dejó morir y comente o rece en silencio o se acerque a entreoír el cotilleo.

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No, pero yo no soy arquitecto ni mucho menos. La primera lección de urbanismo me la dio mi vieja a los cuatro años, cuando me agarró de la mano para cruzar al maxikiosco y comprar puchos:

-La vereda es para las personas y la calle es para los autos, pochocho.

El deber del peatón moderno –ese miserable cacho de estadística que no posee auto, camión, colectivo, motoneta ni ciclomotor de ningún tipo- es sagrado e impostergable: hay que mirar a los dos lados antes de cruzar la calle.

Ahora resulta que estoy en un pueblo de Colombia, tierra mágica que me obliga a aflojar algunas estructuras y desaprender otras. Acá los autos se llaman carros, las veredas se llaman aceras o andenes, las sandías se llaman patillas (¡qué espanto!) y, como el jengibre, todo tiene otra función.

Tabio es un pequeño pueblo colonial que conserva su esencia en la calidez de las gentes y en el grosor de sus aceras. Las calles se cierran durante las fiestas religiosas y el centro está adornado con guirnaldas que van de los techos a un lado y otro. La alcaldía está lejos de ser uno de esos monstruosos edificios de hormigón: es más bien una casita de tejas larga y baja en la que te podés imaginar al alcalde saliendo en ojotas a atenderte si hacés palmas dos veces.

Cuestión que esta tarde iba caminando por la vereda del mercado detrás de dos señoras que se encontraron con una tercera justito saliendo de su casa. Como buen pueblo, el mitin fue instantáneo: las tres caderonas ocupando el ancho de una acera concebida hace cuatro siglos por un español con calzas. Yo, que iba atrás con una bolsa llena de aguacates, me vi obligado a bajar a la calle.

Ay, turista. Ahí vi que acá todo el mundo camina por la calle, y más bien son los autos los que esperan que la gente pase. Ahí tuve que desaprender el sabio precepto de mi vieja.

Yo volví a casa sano y salvo acaparando el centro de una calle adoquinada. Así mismo llegaron todos los que iban al mercado bajo el cielo gris de este pueblo de la sabana central cundinamarquesa fundado en 1603. Acá en los pueblos ser peatón es delicioso: el vil automovilista no tiene voz ni voto, y espera.

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Una del mejor poeta colombiano vivo hasta ahora.

La plata es una ilusión, cualquiera se equivoca
Porque al que no tiene televisor, no se le daña el televisor.

Y no hay peor pobre que el que no sabe bailar
La plata es una ilusión, no le meta mente López
Accione.